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La conservación de la Catedral de Sevilla y su Giralda

exterior catedral de sevilla

Cuando Fernando III el Santo conquistó Sevilla, ésta era una auténtica metrópoli musulmana; los castellanos no habían visto nada similar en sus tierras ni en ningún otro reino cristiano peninsular. Sevilla era populosa, bien urbanizada, con calles para cada oficio (como sucedía en el barrio barcelonés de Santa María del Mar). El ejército de San Fernando quedó boquiabierto por la abundancia que vieron en sus calles y plazas: había de todo. El rey Fernando la hizo capital de su reino.

Hacía demasiado tiempo que los musulmanes ocupaban aquellas tierras, por lo que los cristianos que residían allí eran muy pocos; se contentaban con tener una iglesia donde poder ofrecer su culto a Dios. Don Fernando opinaba de forma muy diferente; no podía permitir que una ciudad como Sevilla, la mayor de su reino, estuviera huérfana de una catedral y de una cátedra arzobispal. El empeño que puso para conquistar el reducto islámico peninsular y Marruecos para atajar de una vez por todas nuevas invasiones no le permitió un respiro para preocuparse en construir un templo cristiano como el que se estaba haciendo en Burgos; pensó que en aquellos momentos era más importante continuar con sus campañas de conquista. Mientras la mezquita podía servir de catedral como también se había hecho en Córdoba y las generaciones venideras ya se preocuparían de «que se labrara otra iglesia, tal buena que no hubiese igual» (disposición del Cabildo del año 1401).

Las obras para la construcción de la nueva catedral se iniciaron probablemente en 1433 puesto que el Cabildo mandó a un tal maestre Isambret que se le pagaran unos gastos y su sueldo. ¿En razón de qué se hizo? Hasta la fecha el «templo gótico mayor de la cristiandad», según se reza por aquellos pagos, carece del nombre propio de su arquitecto. Y ello tal vez se deba a que no fue una obra iniciada por ningún monarca, ni por nadie de la nobleza ni por prelado alguno, sino por el Cabildo para exaltar, tal vez, su propia ambición. A todo ello, sin embargo, hemos de añadir que se conoce que trabajaron en ella Simón de Colonia y Juan Gil de Hontañón.

La catedral, de estilo gótico, ocupa el espacio de la demolida mezquita; es de planta cuadrada dividida en cinco naves sin crucero ni ábsides; la decoración de la Capilla Real es plateresca y tiene innumerables obras de arte en su interior. Llaman la atención: el Monumento funerario dedicado a Cristóbal Colón -¿yacen en él sus restos mortales?- y el Coro. Además se conserva el Minarete de la antigua mezquita, llamado la Giralda: tiene 60 metros de altitud, es de planta cuadrada midiendo su lado 13,60 m; se puede acceder a la parte alta mediante 35 rampas interiores, y hace actualmente de campanario. Este Minarete fue construido a finales del s. XII por los almohades, pero su exterior fue adornado con cerámica de Valencia. Sobre el 1560 Hernán Ruiz el Joven remató la Torre con tres cuerpos más de estilo renacentista y la imagen de la Fe, una auténtica obra de arte que equivale a una escultura.

Leo en el diario La Vanguardia que «la catedral de Sevilla padece un proceso de transformación en arena a causa de la mala calidad de la piedra». La Giralda tampoco se escapa de este proceso: «Cuando el cielo truena la Giralda arroja tierra»; pero también nos aclara el artículo de Adolfo S. Ruiz que el material desprendido no procede del cuerpo original de la torre construido por los almohades con piedra poderosa, sino del precioso templete renacentista añadido en la segunda mitad del s. XVI. Los conservadores del edificio no están demasiado preocupados por la conservación de la Giralda, pero sí por la de la catedral que tiene un mal endémico en la mala calidad de su piedra. El articulista del 11 de marzo de hogaño nos afirma que los arquitectos prefirieron el material procedente de Cádiz porque era más barato y su transporte en barco por el Guadalquivir más asequible que el de Osuna y Estepa -piedra de mayor dureza- porque tenía que llegar en carreta, era más caro y en invierno se hacía imposible su transporte. La piedra de la desembocadura del río Guadalquivir es de mala calidad porque hace miles de años yacía en el fondo del mar.

La piedra de este gigantesco y bello Templo se deshace lentamente por lo que han desaparecido pináculos, gárgolas y crestas, y sus aristas se van redondeando. Los temporales de lluvia y viento perjudican muchísimo este Monumento, pero también lo hacen las condiciones medioambientales, como una segunda causa agresiva sobre todo por el tránsito. De todo ello se deduce que se necesitan grandes inversiones para que «la catedral gótica más grande del mundo conserve su color original».