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ESTAMBUL, PARADIGMA DE UNA CIUDAD BELLA, EXÓTICA, PERO DE SENSACIÓN CAÓTICA

IstanbulCuando en el año 324 de la era cristiana el emperador romano Constantino I quiso construir la «Nueva Roma» sobre la antigua ciudad de Bizancio para que fuese la Capital del Imperio de Oriente, emulando a Roma, la dotó de una urbanización tal que pudiera llegar a ser centro administrativo, cultural y religioso; los estigmas propios y naturales de una capital imperial surgida en tierras helénicas. La «Nueva Roma» dejó muy pronto de llamarse así, pues cambió su nombre por el de Constantinopla en honor del gran Emperador. También dejó muy pronto la difícil romanización que Constantino quiso imponer; con la división definitiva del Imperio en el año 395 se helenizó volviendo a sus orígenes de ciudad griega. Por su situación estratégica en el mundo romano oriental fue fortificada, en primer lugar por Constantino y después por Teodosio, con las murallas que todavía hoy podemos contemplar. Si Constantinopla ya había quintuplicado en extensión desde sus orígenes a Bizancio, con el emperador Justiniano llegó a su máximo esplendor en habitantes, en palacios y monumentos civiles y religiosos, entre ellos el templo patriarcal de Santa Sofía (Aga Sofia actual); inmensas obras de ingeniería, bibliotecas, acueductos, monumentos artísticos y lúdicos han llegado hasta nosotros a pesar de los grandes avatares que la Ciudad tuvo que soportar en el transcurso de tantos siglos. El mundo islámico quiso también dejar su sello, embelleció todavía más la Ciudad y la islamizó: corría el año 1453 cuando el sultán Mehmet II se apoderó de Constantinopla al mando del ejército turco. Este hecho hizo cambiar el rumbo de la Historia, de la Sociedad, de la Humanidad. A partir de entonces los tiempos futuros descubrirían avances, enigmas y descubrimientos. El 29 de mayo de dicho año desapareció el último reducto del Imperio Romano de Oriente, Bizancio, quemado en aras del Imperio Turco: a partir de ahora Constantinopla se llamará Estambul (el nombre viene del griego «eis ten polin» «hacia la ciudad», istenpoli, istambol, istambul).

Estambul continuará siendo la capital de otro imperio, el otomano, hasta el año 1923 en que se fundó la ciudad de Ankara en tiempos de Ataturk. En sucesivos califatos otomanos, Estambul es orlada de majestuosas edificaciones civiles, militares y sobre todo religiosas. Prácticamente hemos de decir que la mayoría de los monumentos anteriores a la conquista otomana se conservaron transformados para las nuevas creencias, se mudaron de credo, se imitaron rindiendo culto a las culturas que formaron la Ciudad, excepto en algunos casos: la Mezquita del sultán Ahmet, más conocida como la Mezquita Azul debido al color de sus impresionantes azulejos, fue construida sobre los cimientos del palacio de los emperadores bizantinos; dicho Sultán quiso la construcción de una mezquita que superara a la inigualable Santa Sofía. Ambas son un exponente admirable del arte en versión geométrica; unos modelos al natural para los arquitectos renacentistas de Italia.

La antigua y populosa Capital de Turquía está repartida en tres zonas bien delimitadas: dos europeas, separadas por una pequeña ensenada puntiaguda llamada «Cuerno de Oro», y otra asiática. Entre sus costas se encierra el mar de Mármara (mármol); dos paisajísticos estrechos guardan este mar: el Bósforo lo separa del mar Negro, mientras que el Dardanelos del Egeo.

La zona europea del norte ocupa la parte más histórica, turística y antigua de la Ciudad, corresponde a la antigua Bizancio griega sobre la que se construyó Constantinopla: va desde el Bósforo hasta las murallas de Teodosio o «bizantinas» como allí se dicen. Empieza en el Palacio de Topkapi, una especie de alcázar maravilloso que encierra una ciudad medieval, un complejo de salones y dependencias múltiples donde el lujo y la opulencia son testimonios de una sociedad señorial; todo está distribuido, según el gusto islámico, por patios; hasta las cocinas hablan del esplendor señorial. Este Palacio, parque incluido, se halla en las inmediaciones de la estación ferroviaria de Sirkeci. Cercanos al Palacio Topkapi se hallan los monumentos de Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Museo de Arte Turco e Islámico, la Mezquita y la Torre de Beyazit. La Cisterna Yerebatán o Cisterna Basílica es un enorme aljibe de 336 columnas con capiteles corintios del s. VI, destacan las bases de mármol de dos de ellas -que formaron parte de otra edificación- porque sus relieves vienen representados por medusas clásicas y están colocadas en posiciones distintas para ocupar el hueco. Más alejadas hallamos las Mezquitas de Solimán y Rustem Pasa, cercana ésta al puente de Gálata. También encontramos el acueducto de Valens, el Gran Bazar y el Bazar de las Especias o Egipcio, entre otros muchos edificios notables que se reparten en los más de 6 km. de longitud que ocupa la zona. Debe visitarse el monasterio bizantino, ahora Museo Kariye, de San Salvador de Chora, por sus mosaicos y frescos que allí se conservan. Junto a la Mezquita Azul hallamos el Hipódromo romano construido en el 203 por Séptimo Severo. Teodosio se llevó del Templo de Karnak el monolito de granito rojo con sus 30 metros de altura para erigirlo allí, perteneció a la época del faraón Tutmosis III; destacan en él los relieves del Emperador y sus hijos Arcadio y Honorio, entre los que repartirá definitivamente el Imperio Romano. En la parte sur del Hipódromo también se puede contemplar la columna de bronce del s. X, cuyo metal dorado fue fundido por los cruzados y hoy sólo se conserva su estructura de piedra en forma de tosco obelisco. Llama la atención la columna Serpentina, hecha en bronce para celebrar la victoria de los griegos sobre los persas en el 479 antes de Cristo; estaba dedicada a Apolo en el santuario de Delfos, la imagen representaba tres serpientes enroscadas que simbolizaban a Apolo Pitón, sólo se conserva la cabeza de una de ellas en el Museo Arqueológico de Estambul. Palacios, mezquitas, iglesias y edificaciones pueden observarse esparcidos por esta zona y a lo largo del estrecho del Bósforo.

La zona europea del sur de esta enorme Metrópolis está separada de la anterior, como ya se ha dicho, por el Cuerno de Oro. Esta tierra antiguamente la ocupaban las poblaciones de Gálata y de Pera, transformadas ahora en dos enormes barrios ricos, pujantes y comerciales de Estambul. En esta zona se halla la parte moderna, con los servicios propios de cualquier ciudad de Europa, con calles bien trazadas que coinciden en el centro urbanístico del la plaza de Taksim; de ellas IstiKlal Caddesi es la principal, donde podemos hallar edificios comerciales de marcas nacionales y multinacionales y también transportes públicos modernos. Barrios importantes conforman esta zona; entre ellos conviene destacar el de Besiktas por su famoso Palacio Dolmabache situado a orillas del Bósforo; es un Palacio fastuoso por su inmensa ornamentación en toneladas de oro y plata; de fachada barroca, recubierta con mármoles y dividido en tres zonas, cuyo centro lo ocupa el salón del trono dejando las alas para harén y dependencias oficiales. Es increíble la enorme fortuna esparcida por el interior de este monumental edificio.

Otras edificaciones interesantes son: La Torre Gálata, que data de tiempos del emperador Justiniano; el monasterio Mevlevi, edificado en el s. XVIII y hoy convertido en Museo de Música; la neogótica iglesia cristiana en activo de San Antonio de Padua; las mezquitas de Kiliç Ali Pasa y la de Ortaköy, por citar algunas. Hoteles, Centro Cultural de Ataturk, la Torre Saphire,… Dos puentes conexan la Zona Norte con la Sur: el de Ataturk y el de Gálata, éste último acoge, de principio a fin, una sarta de restaurantes por ambas orillas, eso sí, para turistas, ni que decir tiene; atravesarlo representa un rosario de recitales de cartas y delicias de cada uno de ellos, por si se pica,… con insistencia ininterrumpida, aunque soportable cuando te acostumbras. Al lado del puente Gálata, cocineros, en unas barcas llamativas por su decoración y pintado, van levantando castillos de pescado asado para que los camareros preparen a su vez bocadillos de este sabroso manjar condimentado con salsas y ensalada, a precio módico.

La zona asiática es el equivalente al extrarradio de Estambul, o centro de conexión con la península de Anatolia. Está al otro lado del Bósforo; puentes y ferrocarril la enlazan con el resto metropolitano. La mayor parte de la población es de origen turco y viven en los barrios de Üscüdar y Kadiköy. No está considerada como una zona de atracción turística, pues carece de monumentos destacables. Sin embargo, dicen que es la zona de ambiente más genuino y auténtico de Estambul. Entre sus monumentos se puede citar: la Mezquita del Puerto o de Mihrimah Sultán que es del siglo XVI y fue construida para la hija de Solimán el Magnífico; la Mezquita Nueva del s. XVIII, más conocida como la de Yeni Valide; la Universidad de Mármara, la estación de ferrocarril Haydarpasa, el Palacio Beylerbeyi que se construyó para residencia de los jefes de estado extranjeros, la iglesia de Pammakaristos del s. XII, etc.

La primera sensación que Estambul puede producir a los occidentales, tal vez sea la de una ciudad enormemente populosa, invertebrada, ruidosa, que no se puede dar un paso sin que no tengas a alguien detrás diciéndote excelencias o intentando venderte algo aunque sea nimio. Si a esto se le añade la peculariedad de que nos van a estafar, sobre todo cuando indican al comprador timorato que sea quien ponga el precio, llegan a abrumar y agobiar en exceso. Nuestra cultura ya no sabe discutir el valor de una compra, ni siquiera de ajustar el precio de un taxi, pues estamos acostumbrados a que los precios marcados son fijos. En Estambul esto no es así, de todo y por todo se debe regatear, y aún haciéndolo, siempre te queda el gusanillo de si has acertado o no. En restaurantes, bares, comercios, etc. siempre se tiene a alguien detrás con ciertas exigencias y piensas: esta Ciudad es un caos, ni siquiera dan la oportunidad de estar tranquilos sentados en una terraza. Cuando se está allí varios días esta sensación desaparece.

Viladomat, un pintor del 11 de septiembre de 1714

El paseo de Lluís Companys, conocido antes con el nombre de Víctor Pradera y también paseo de San Juan, termina en El Arco de Triunfo que ha quedado como símbolo histórico y puerta de acceso al recinto donde se realizó la Exposición Universal de 1888 de Barcelona. Este paseo es uno de los lugares más bellos de la Ciudad Condal; está ubicado delante del Parc de la Ciutadella y adornado con farolas modernistas del barcelonés Pere Falqués y Urpí; este arquitecto quizás sea más conocido por las farolas del paseo de Gracia, pero se le conoce también, entre otras obras, por el monumento a Rius i Taulet donde se inicia esta avenida. A ambos lados del monumento dedicado a tan insigne personaje y promotor de la Barcelona universal, podemos admirar las estatuas del gran caballero y aventurero Roger de Flor y la del artista barroco Antoni Viladomat y Manald. Quien no conoce la pintura de Viladomat y quiere disfrutar de ella, puede hacerlo porque este año se le está dedicando una exposición múltiple en el Museo de Arte de Girona, en el Museo Diocesano y Comarcal de Lleida, en el Museo de Mataró y el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Antoni Viladomat goza desde el último cuarto del siglo XIX de una amplia bibliografía y ocupa lugar en la Galería de Catalanes Ilustres en la Real Academia de Buenas Letras. En su época fue famoso, siendo elogiado por el académico del siglo XVIII Anton Raphael Mengs. Viladomat entró de aprendiz del pintor Juan Bautista Perramon los nueve años de edad, cuando todavía Cataluña era un estado. Más tarde colaboró ​​con el pintor italiano Ferdinando Galli «Bibiena» decorando la iglesia de San Miguel, hoy desaparecida; ya que Bibiena era el artista más destacado de la corte del archiduque Carlos III en Barcelona, esta colaboración fue muy positiva tanto para su formación como para su economía, pues su producción fue creciendo. También su prestigio fue en aumento debido a los litigios con éxito que mantuvo con el Colegio de Pintores de Barcelona porque el consideraba de un espíritu gremial y artesano. Esta circunstancia hizo que su taller se consolidara y fuera lugar de formación para muchos pintores y artistas.

Su producción como pintor fue muy abundante, pero una buena parte importante de su obra se ha perdido. Sin embargo, se conserva una cantidad importante como para catalogar su personalidad artística. En el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) se recoge un conjunto de dibujos de calidad excelente; los cuadros de las «Estaciones», de naturalezas muertas y otras de temática religiosa, especialmente los cuadros sobre San Francisco, pintados para el convento de los franciscanos de Barcelona. En la capilla de los Dolores de Santa María de Mataró, se puede encontrar un conjunto de cuadros representativos del barroquismo catalán: los «Dolores de la Virgen» formando un tema único con ángeles y apóstoles, evangelistas y santos que se complementan con pinturas murales al temple que recubren la bóveda y las paredes laterales de la capilla. Viladomat en los cuadros de vida religiosa nos muestra una inspiración sobria, casi mística, con una serenidad impropia del barroquismo peninsular; quiere huir de los sentimentalismos exagerados con una técnica expresiva, natural y elegante.

El pintor catalán logró esta técnica tan precisa gracias a su trabajo, utilizando bocetos, dibujos y un estudio cuidadoso de la composición en escena. Su dibujo demuestra un fuerte conocimiento del natural, formando parte del ambiente y paisaje catalán, y de la luz mediterránea. Sus excelentes cualidades artísticas han visto quizás un poco mermadas debido a sus posibilidades económicas. Hay piezas que nos hablan del genio que llevaba dentro, mientras que otros nos hablan de la necesidad del pan de cada día.

Viladomat fue un gran y excelente pintor barcelonés; el mejor pintor catalán de su tiempo: Barcelona lo reconoce así y le dedica una gran calle del Eixample. Fue un hombre marcado por los hechos de 1714, pues nació en una tierra llena de instituciones, lengua y leyes propias, pero murió en una simple provincia. «Viladomat tuvo las virtudes y los defectos que podía tener cualquier artista» dentro de la época que le tocó vivir. Las instituciones actuales catalanas recogen la obra del artista más relevante de su tiempo, dentro del marco del «Tricentenario de los Hechos».

Un balcón sobre el Mediterráneo

Anfiteatro de Tarragona

Tarragona enamora

Su presente es fascinante; su pasado, embriagador; entre el uno y el otro, el intermedio o la lucha por subsistir. No todas las ciudades de la antigüedad supieron aguantar la curva vital grabada desde sus orígenes. Tarragona floreció en sus tiempos remotos con un legado histórico impresionante, cayó bajo el peso de los tiempos y ante nuevas civilizaciones, que la moldearon a su gusto y capricho; todas las ideologías políticas, religiosas y filosóficas tuvieron lugar en sus tierras; hombres famosos e importantes de cada época se cobijaron en ellas; templos politeístas y capitolinos dejaron sus piedras para levantar otros más humildes, pero santificados con las palmas del martirio: sant Fructuós y sus diáconos regaron con su sangre las arenas del anfiteatro romano entre otros cristianos; san Hermenegildo fue decapitado por orden de su padre al no aceptar la eucaristía de obispos arrianos; su hermano, el rey Recaredo, supo recoger su martirio testimonial decretando los famosos Concilios de Toledo, logrando así la unificación total en el reino visigodo, y en contra de la obcecación de su padre Leovigildo. No debe extrañar, pues, la religiosidad tarraconense en todas las etapas de su vida, llegando a ser sede metropolitana de una gran parte de Hispania. Se da casi como seguro que el apóstol Paulo de Tarso pisó sus tierras para predicar el cristianismo, pues en una ciudad romana tan importante como Tarraco tenía que estar en el primer plano de la actualidad imperial; fue nada menos que capital del Imperio en el mandato de Augusto.

Nos cuenta la Historia que Octavio Augusto, digno heredero y sucesor de Julio César, desembarcó en Tarraco el año 27 anterior al nacimiento de Cristo para dirigir desde allí las operaciones militares para la conquista total de Hispania. Tarraco fue para Roma una ciudad muy importante y querida. Importante, porque representó el lugar estratégico ideal para las pretensiones romanas en Hispania: aquí se dirimieron las diferencias con Cartago para adueñarse del comercio mediterráneo; aquí Julio César se impuso a la República y al Senado destruyendo su legalidad defendida por Pompeyo; aquí Augusto impondría «La Pax Romana» a astures y cántabros conquistando y pacificando toda rebelión. La Ciudad fue querida hasta el punto haberla convertido en la Capital del Imperio, dignificándola con todo tipo de ornamentación y edificios públicos. Todos los monumentos, sin excepción, nos hablan de ello: las Murallas megalíticas de los Escipiones, los Fórum provincial y local, el Circo, el Anfiteatro, el Teatro, el primer Templo dedicado a Augusto, las villas, el Acueducto, la Torre de los Escipiones, el Arco de Triunfo,… Tarraco fue grande y bonita: el espejo donde Roma se miraba. Cuando ésta sucumbió, Tarraco también.

Visigodos y judíos tomaron el relevo; nuevas manifestaciones culturales e ideológicas tuvieron que adaptarse a una civilización de mucho tiempo admirada, pero ya en decadencia. La Ciudad cambió y también tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos, y… quienes no, la abandonaron… y disminuyó la población; mantuvo el prestigio de ser capital religiosa, política y militar bajo los inicios de la invasión visigoda; pero la Tarraco de los escipiones y emperadores iniciaba el camino a una transformación total, de cuya metamorfosis nacería la Tarragona de los obispos, de los condes y de los abades. El éxodo no fue excesivo si se compara con el habido en el siglo octavo. Mahoma envió a sus creyentes, como anteriormente Cristo a sus apótoles, a extender su mensaje por toda la tierra conocida; unos y otros cumplieron el mandato, no hubo trecho intermedio donde albergarse ambos, aunque a su manera se soportaron porque estaban destinados a convivir juntos con alguna que otra algara. El Templo de Augusto seguramente fue cambiando, según la época, de inquilino; pero todos rezaron en él en latín, en árabe o en cristiano. No creo que el Dios Universal se haya enfadado demasiado ni que fuera el culpable de tantas pestes negras, amarillas o de cualquier otro color. La diáspora por la invasión del Islam acentuó durante casi cuatrocientos años el proceso de despoblación que fue cayendo en picado. Repoblar otra vez Tarragona resultó harto difícil a pesar del empeño que pusieron para este menester los condes de Barcelona y los obispos catalanes.

La reconquista se inició con el conde Borrell II y se autoproclamó príncipe  de la Ciudad en el año 960. El obispo de Vic, Berenguer Sunifred, intentó su repoblación, pero fracasó. En 1118 se liberó del dominio musulmán y san Oleguer, obispo de Barcelona, fue nombrado también arzobispo de Tarragona, donde nunca residió. Bajo el reinado del conde Berenguer IV casado con la reina doña Petronila de Aragón, Tarragona volvió a nacer como sede episcopal de la iglesia catalana, aunque tan sólo alcanzaba casi los 4000 habitantes. Repoblar quería decir también reconstruir; los materiales que embellecieron la Tarraco romana fueron base esencial de la nueva edificación. Los arzobispos, Hug de Cervelló y Rocaberti, dejaron una fortuna inmensa para construir la Catedral; se inició y quedó casi acabada en el siglo XIII, que coincidió también con un poder marítimo importante, base de la recuperación económica. Tarragona mira hacia el Mediterráneo y el Mar le devuelve la vida, pues todo vuelve a funcionar.

La Catedral está en el lugar que ocupó el Templo de Augusto y se emplearon sus piedras para ser construida primero como templo románico, propio de un cenobio de la orden del císter, y sobre él un apunte del nuevo estilo gótico. La conjunción es magnífica y vale la pena verla para gozar de este contraste, pues se eleva majestuosa en lo alto de la Ciudad, como punto eterno de referencia. Son muchas las edificaciones medievales esparcidas por sus calles haciendo honor a los monumentos romanos, visigodos y judíos.

Hoy Tarragona es una ciudad moderna, acogedora y atractiva. Desde Rambla Nova se accede al Balcón del Mediterráneo para ver sus playas, su Serrallo, su puerto y su mar, que fue y seguirá siendo su propia vida.

(Para mayor información pueden acceder a «Musguide» y adquirir la «Ruta de Tarragona» con texto y fotografías de los monumentos más interesantes de todas las etapas históricas).

Sagrada Familia, sus vicisitudes y avatares, y sus arquitectos

Sagrada Familia de Barcelona
Sagrada Familia de Barcelona

Quienes conocieron a Antonio Gaudí afirman de él que, nada más al inicio de su carrera como arquitecto, consideraba que no se llegaba a la cumbre de la arquitectura mientras no se lograra edificar una gran iglesia. En esto coincidía bastante con la novela «Los pilares de la tierra» de Ken Follet y, posiblemente también, con todos aquellos grandes maestros que en la Edad Media recibieron el encargo de su sueño dorado: construir una catedral. Pere Montagut fue uno de ellos, pues se le llamó a construir la gran basílica del barrio barcelonés de la Ribera «Santa María del Mar» o como Ildefonso Falcones la titula en su preciosa y recomendada novela «La Catedral del Mar». Por si alguien sintiera interés por conocer más a fondo su historia, sus calles y plazas, y los palacios de esta zona barcelonesa, Musguide tiene también la ruta cultural «Santa María del Mar y la Ribera» que nos da todo tipo de detalles, sobre este edificio gótico, considerado con creces el mejor templo catalán en este estilo, y también de los palacios y casas señoriales de los alrededores. Todos quienes emprendieron una obra de tamaña dimensión, sabían en conciencia que ellos eran los iniciadores, pero que su obra tendría continuidad gracias a otros arquitectos venideros; aunque fueran tan jóvenes como el arquitecto de Reus a quien en 1883, cinco años después de obtener su título, le propusieran la continuidad de seguir el proyecto de un templo neogótico que un año antes había iniciado D. Francisco de Paula del Villar en honor de la Sagrada Familia. Gaudí aceptó sin hacer otro proyecto nuevo, no era necesario, lo llevaba en su mente privilegiada, en su espíritu de artista, en su alma cristiana.

El templo expiatorio de la Sagrada familia necesitó arquitectos con la genialidad y el espíritu sensible, sencillo, humilde, similar al  del gran arquitecto Antonio Gaudí. Es más, él era consciente de que su vida era limitada, y por eso puso todo su empeño en intentar dejar a sus continuadores un portal completamente acabado para que les sirviera de ejemplo; no pudo ser en su totalidad debido a su desgraciado accidente mortal.

Los que le siguieron respetaron su proyecto y la interioridad religiosa del Maestro. En la Fachada del Nacimiento, Gaudí había dejado su testamento y su ayudante y discípulo: el arquitecto Domènech Sugranyes cumplió con toda fidelidad su legado y tanto él como sus sucesores llevaron a cabo su visión arquitectónica. Todos ellos tuvieron que salvar problemas y dificultades no previstos, como si se quisiera cumplir al pie de la letra lo que a menudo repetía Gaudí «en la Sagrada Familia todo es providencial»: problemas económicos, dos guerras, incendios, incógnitas técnicas,… que se fueron solucionando con la aparición de un fragmento de una maqueta original, unos documentos inéditos, aportaciones generosas en momentos de graves apuros económicos, y un largo etc. Gaudí ya tuvo muchos problemas en vida con las ordenaciones urbanísticas, pues ya en 1916 tuvo que presentar una alegación documentada ante el Ayuntamiento de Barcelona por las remodelaciones que poco a poco se iban efectuando en el entorno del futuro templo. Estos problemas continuaron y continúan existiendo, aunque por el momento se callen, como por ejemplo el túnel del AVE que pasa a cuatro metros de distancia de los cimientos en la calle de Mallorca; el Ayuntamiento así lo quiso a pesar de la opinión de la UNESCO y del Ministerio de Fomento; cuando intervino la Justicia el túnel ya estaba acabado.

Sugranyes continuaría haciéndose cargo del Templo como arquitecto director hasta 1936. Con la Guerra Civil Española se detuvieron las obras hasta 1944 que se hizo cargo de ellas Francesc de Paula Quintana; éste, además de haber dirigido la exposición de homenaje a Gaudí en la Sala Parés, le tocó reorganizar la Junta del Templo y tuvo que recomponer todos los desperfectos hechos en 1936, que afectaron sobre todo a las maquetas. En 1957 la Junta Constructora celebró el 75 aniversario de la primera piedra de la Basílica con un viaje de peregrinación a Roma; fue recibida por Pío XII y dio su apoyo a continuar las obras. Se decidió construir la Fachada de la Pasión y hacer una colecta anual para intentar tener construidos los cuatro campanarios en 1976. Primero, Isidro Puig tomó el encargo de llevar adelante las obras hasta 1974 y luego Lluís Bonet i Garí las continuó. Para la construcción de la Fachada se basaron en un dibujo de Gaudí y en las explicaciones que les había dado ya que fueron discípulos suyos. Hubo campañas en contra de la continuidad de la obra; contra todo y contra todos, tanto fueran nacionales como extranjeros, siguieron construyendo el Templo, a pesar de la penumbra e incerteza económica, con voluntad férrea, tirando adelante el gran proyecto de un genio, de un arquitecto que quiso construir la primera catedral de un nuevo estilo, que tal vez sea también la última. Cabe destacar que un mejicano de padres catalanes ofreció a la Junta del Templo una cantidad anual equivalente a la que se recogiera en cada colecta; siendo niño acompañó a su padre a visitar las obras de la Sagrada Familia.

En 1983 el arquitecto Francesc de Paula Cardoner dirigió la construcción, después de haber sido elegido por Lluís Bonet i Armengol que ocupaba el cargo de director general de Patrimonio Cultural y Artístico de la Generalitat de Catalunya. Se elegiría en 1986 al gran escultor Josep Mª Subirachs para decorar toda la nueva Fachada integrando su escultura a la arquitectura de Gaudí, pero con las características de su propio estilo y creación: hizo en piedra una auténtica tragedia griega narrativa sobre los últimos momentos de la vida de Cristo; hasta aprovechó las puertas de bronce para mayor realce de su narración. La Junta Constructora el año 2009 le encargó las siete puertas de la Fachada de la Gloria. Por ese entonces ya era el arquitecto Jordi Bonet i Armengol, hijo de Lluís Bonet, quien dirigía las obras, aligerándolas lo máximo posible para que estuviera a punto a fin de que el papa Benedicto XVI celebrara la eucaristía de la consagración de Basílica Menor el 7 de noviembre de 2010.

Para mayor información sobre el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia pueden acudir a Musguide ruta «Templo Expiatorio de la Sagrada Familia».

Nota: las basílicas pueden ser mayores o menores. Las mayores sólo están en Roma, pues únicamente en ellas el celebrante lo es el papa. Antes los papas no se movían de la Ciudad Eterna.

Cataluña y la Bienal Internacional de arquitectura de Venecia

La Bienal Internacional de Venecia
La Bienal Internacional de Venecia

Desde el día 5 de junio y durante seis meses Cataluña tendrá por segunda vez un pabellón oficial en Venecia, donde se celebra la decimocuarta Bienal Internacional de Arquitectura. Este año se ha presentado una muestra de «Las arquitecturas injertadas»; podríamos decir de ellas que es como una expresión equivalente al arte de recuperar obras viejas con creatividad nueva. La Casa Bofarull representa el componente más ejemplar; fue rehabilitada por el joven arquitecto modernista catalán, gran amigo y colaborador de Antoni Gaudí, Josep M ª Jujol entre los años 1914 y 1931.

Jujol era un artista sencillo, afable, íntimo y muy religioso. Le gustaba todo lo que fuera artesanal. Sentía una especial sensibilidad por todo lo que significara una representación de la naturaleza o un paisaje rural y abierto como el del Campo de Tarragona, donde nació un 16 de septiembre de 1879. Fue el creador de la técnica catalana del «trencadís», usando materiales de desecho. Hizo uso de esta técnica en el Parque Güell, la Casa Batlló, la Casa Milà,… porque Gaudí le permitía plena libertad en el uso de las formas y los colores. No debemos olvidar que Jujol era un excelente dibujante y acuarelista; y, quizás, el primer pintor abstracto; dicen que Gaudí quedaba maravillado y sorprendido cuando veía a su amigo, con el que compartió vivienda, tirando la pintura desde una cierta distancia.

Como pintor obtuvo fama por el dominio de los colores y del diseño; la singularidad de su pintura escandalizó al clero de la Catedral de Mallorca cuando fue llamado para pintar la sillería gótica de la Sede en colaboración de Gaudí, tanto que éste exclamó que «en casa tenía dos gatos, uno se llamaba Sugranyes que trabajaba donde había que trabajar, y el otro, Jujol, que lo hacía donde precisamente NO debería trabajar, y ¿qué puedo hacer yo?”. Son admirables los dibujos de flores y pájaros.

Creaba y diseñaba todo tipo de objetos, desde los balcones de hierro y todo lo que se puede ver de la Casa Milá, hasta los muebles, lámparas ascensores y otros complementos que le pedían arquitectos famosos contemporáneos, como Antoni M ª Gallissà y Josep Font y Gumà. Participó en la fachada, decoración y mobiliario de la Casa Batlló. Pero Jujol también fue arquitecto de una serie de obras extensísima y entre ellas cabe destacar la «Torre de la Cruz» y la «Torre Jujol» en Sant Joan Despí, la «Fuente de la plaza de España» en Barcelona,» Can Camprubí «en Cornellà de Llobregat, …

En la Escuela de Arquitectos de Barcelona tuvo como profesores a Francisco de Paula del Villar, quien fue el primer proyectista neogótico de la Sagrada Familia, al arquitecto modernista Domènech i Montaner, creador del Palau de la Música Catalana y del Hospital de Sant Pau, y Antoni M ª Gallissà y Soqué, que fue responsable directo de los obradores artesanales instalados en el «Castell dels Tres Dragons» del Parque de la Ciutadella. Jujol también fue profesor de la misma Escuela y tuvo como alumnos a Oriol Bohigas y Guardiola ya José Antonio Coderch y de Sentmenat entre otros.

La Bienal de Venecia es una exposición de diversas artes plásticas que fue instituida en 1895. Tiene la finalidad de enriquecer los conocimientos de los jóvenes artistas contrastando las direcciones estéticas de otros países. En el año 2012 Cataluña y Baleares presentaron el proyecto «Vogadors», que se puede ver expuesto en el Centro de Arte Fabra y Coats; este proyecto hace dos años tuvo un gran éxito de público y de crítica, por lo que vuelve a tener pabellón. Esta vez, el arquitecto Josep Torrents es el comisario que representa a Cataluña con el proyecto «Del fragment i del tot». Para este evento parte de la obra de Jujol la «Casa Bofarull», situada en los Pallaresos Tarragonés. La Casa Bofarull es una grandiosa casa rural del siglo XVII que, reformada por Jujol, se convirtió en una mansión modernista, de la calle Mayor, cómoda vistosa y elegante. Josep Torrents quiere presentar como fundamental la capacidad de la arquitectura catalana de fusionar lo nuevo con lo viejo; ninguna otra obra más apropiada que la injertada por Jujol los Pallaresos y que será el hilo conductor de las otras 15 obras posteriores que se presentan; porque, según Torrents, «la actitud de Jujol se puede aplicar en algunos arquitectos actuales, no como discípulos, sino sencillamente por la forma de trabajar y entender la arquitectura» y «nos referimos a la idea del injerto como diálogo fecundo entre los elementos preexistentes y los nuevos «.

El arquitecto comisario de la arquitectura catalana nos continúa diciendo que «es difícil separar el todo del fragmento, y por tanto es indisociable también del lugar. Se fusiona lo nuevo y lo viejo y da lugar a algo nuevo»; y es por eso que decimos que Jujol recreó su creatividad cuando hizo una edificación nueva (lo nuevo), pero con el componente del pasado (lo viejo) que se puede reconocer en el todo.

Hay tres más que han sido terminadas en el siglo XX: los apartamentos en el desván de la Casa Milà por el arquitecto Barba Corsini; la restauración de la iglesia ibicenca de Hospitalet por JA Martínez Lapeña y Elías Torres; el IES La Llauna por Enric Miralles y Carme Pinós.

Las doce restantes son del siglo XXI.

La noche de los museos abiertos

Existen iniciativas que valen la pena conservar y especialmente aquellas que están relacionadas con la cultura.

La nit dels museus oberts. La noche de los museos abiertos. The night of the museums. Nuit européenne des musées.
La nit dels museus oberts.
La noche de los museos abiertos.
The night of the museums.
Nuit européenne des musées.

La actividad cultural con letras mayúsculas que se viene celebrando en Barcelona desde hace unos años, La Noche de los Museos Abiertos, es digna de elogio; y, precisamente por eso, estaría muy bien que se convirtiera ya en una costumbre y sirviera de ejemplo a otras poblaciones donde todavía no han probado esta iniciativa. Ver las colas que se forman pacientemente para entrar en tal o cual museo, hace que uno se sienta agradecido a las personas que tuvieron una idea tan feliz. Es un respiro para soñar que no toda la sociedad se mueve por inercia del materialismo ni tampoco por las novedades tecnológicas exclusivamente, que de esto mucho hay.

En una noche así nacen muchas oportunidades en una ciudad con tanta historia a cuestas como Barcelona. Se puede uno mover entre los años de oro de la Corona de Aragón y empaparse del legado medieval que hemos recibido como herencia. Quienes visitan, por ejemplo, el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona, no sólo tienen la oportunidad de conocer sus orígenes o las importantísimas piezas que allí se guardan, sino también de disfrutar del entorno del lugar donde se halla; pero sobre todo de una serie de edificaciones donde está instalado y que nos abre sus puertas para que podamos contemplar su interior. Así pues, el acceso se realiza por una mansión que se había construido en el siglo XV y XVI en un lugar ajeno al que ahora ocupa, pero que, al ser trasladado piedra a piedra, dio origen al descubrimiento de la Barcino romana y visigoda; (quienes sientan curiosidad por conocer cómo vivían los hispanorromanos, cómo eran sus establecimientos comerciales, etc. en Barcino, pueden entrar en Musguide y elegir la ruta «La Catedral de Barcelona y sus Alrededores»). A sus instalaciones pertenecen también la elegante capilla de Santa Ágata del año 1302, el famoso Salón del Tinell construido en sólo 3 años por el rey Pedro el Ceremonioso entre 1359 y 1362, como así también el Palacio Real.

Hubo una época en que Barcelona fue capital de uno de los mayores imperios comerciales del Mediterráneo. Se crearon grandes fortunas entre la población burguesa; la Ciudad, amurallada, carecía de terreno edificable; grandes comerciantes y navegantes de la población civil y de la nobleza buscaron en los poblados cercanos lugares donde edificar sus palacios, compitiendo entre ellos para lograr el palacio más suntuoso. Eligieron la calle de Montcada perteneciente a la población de La Ribera o de Santa María del Mar. La Noche de los Museos ofrece la oportunidad de poder visitar varios de estos palacios por dentro, al mismo tiempo que se visita el Museo Picasso que ocupa 5 de los edificios allí levantados con el dinero de las grandes fortunas burguesas. (Recomendamos entrar en Musguide y elegir la ruta «Santa María del Mar y la Ribera»).

En los monasterios siempre se respira la paz y la tranquilidad de lo que fue la vida cenobial. Los siglos caen encima de quienes los visitan. La Noche de los Museos permite conocer un monacato de estilo gótico catalán situado en el barrio de Sarrià, en la parte alta de la ciudad Condal. Durante casi siete siglos y hasta hace muy poco vivieron en este Monasterio las monjas de clausura las hermanas Clarisas. Una vida de silencio dedicada a la oración. Este silencio impregna sus piedras, su claustro, sus celdas, su capilla, y hasta la calle que conduce hasta él. Vale la pena visitar sus dependencias como la sala capitular, la cocina, el refectorio, la bodega, las celdas,…para tener una idea de cómo era la vida de tan admiradas monjas.

Museuming
Museuming all the day.

Son tantos y tantos los museos a visitar según los gustos de cada cual que no tendríamos espacio para dedicarnos a todos ellos. El objetivo de hoy es el de dar a conocer una iniciativa municipal que a todos los que amamos la cultura nos tiene que parecer loable y aprovechar la belleza que nos ofrece su arquitectura e interiores de muchos museos.

Y si queréis hacer Museuming siempre todos los días del año, no dudéis a entrar en Musguide y a disfrutar de sus contenidos artísticos y culturales.

El 17 de mayo de 19h a 1h los contenidos serán gratuïtos, apoyando la iniciativa de la Noche de los museos.

Y si os gusta haced un Muslike en facebook y comentad.

El Monasterio de los Jerónimos de Lisboa

Els Jerónimos de Belem a Lisboa
Los Jerónimos de Belem en Lisboa

Quien va de turista a Lisboa está obligado a ir al barrio de Belem para visitar una joya artística de la arquitectura portuguesa del siglo XVI. Sucedía el año 1501, Vasco da Gama había regresado a Portugal después de haber encontrado con su expedición el camino de la India bordeando África. El rey Manuel I de Portugal le recibió con todos los honores. Hacía unos cuatro años que había zarpado. Por fin se había logrado encontrar el camino de las especias tan importantes y de tanto valor económico. El comercio con Oriente por el Mediterráneo se hizo imposible a causa del imperio otomano; se buscó la alternativa por el océano Atlántico y Vasco da Gama lo había logrado. Desde ese momento, las naciones europeas atlánticas iniciarían el comercio con la India y con Las Indias (América). Don Manuel el Afortunado premió al famoso Navegante con los títulos de almirante y virrey; encargó al arquitecto Juan de Castillo que levantara un monasterio para conmemorar el regreso de la expedición comandada por el Descubridor. El lugar más apropiado se consideró que era el de la ermita fundada por el Infante don Enrique en honor de Santa María de Belem, que daría nombre al barrio y era popularmente más conocida como Ermida do Rastelo.

 Todas las grandes obras arquitectónicas ordinariamente tienen en común el hacerse en varias etapas modificándose o ampliándose a través de los siglos. Así pues, las obras empezaron en 1514 en su primera etapa y su financiación salió de un pequeño tanto por ciento de los impuestos procedentes de la venta de algunas especias orientales.

 Juan de Castillo hizo un proyecto de arte manuelino, así llamado en honor al monarca portugués; este arte es una mezcla del renacimiento italiano con el gótico tardío o flamígero, tan de moda en la Península. Si en España tenemos el arte de los Reyes Católicos o plateresco, en Portugal el de Manuel I o manuelino, y ambos se extendieron por diferentes lugares de cada uno de sus reinos. El edificio se entregó a la orden religiosa de los Jerónimos. Es preciso contemplar toda su edificación exterior con sus portales y la manera de como está concebido, pero en su interior podemos admirar capillas auténticamente renacentistas del siglo XVI, las arcas funerarias de Manuel I y de su esposa María de Aragón, la hija de los Reyes Católicos; también las de Joao III con su esposa Catalina, la hija de doña Juana I de Castilla y hermana del emperador Carlos V, entre otros sepulcros. Llama la atención la luminosidad y amplitud de la única nave; semeja un salón cuya bóveda carece de apoyos a pesar de sus 20 m por 30 de construcción. Su claustro es precioso, muy adornado con temas diversos y motivos manuelinos, pero en su conjunto es uniformemente armonioso.

Últimamente se van edificando en el interior del Templo y en el claustro nuevas tumbas para instalar en un mismo lugar los restos mortales de personajes portugueses que obtuvieron fama; entre ellos cabe destacar los sepulcros de Camoens o el de Vasco da Gama. Es noticia que en 1985 se quiso trasladar los restos mortales del poeta Fernando Pessoa con el fin de rendirle un homenaje para conmemorar los 50 años de su muerte. El encargado de levantarle el monumento consistente en una columna fue el arquitecto Lagoa Henriques; en el monumento se había previsto un espacio pequeño de metal para albergar sus cenizas. La vigilia de la ceremonia, al ir a destapar la caja funeraria en que estaba enterrado se encontraron con algo inesperado: Pessoa estaba después de 50 años exactamente igual que cuando lo enterraron, estaba incorrupto. Durante la noche abrieron en el suelo, junto a la columna, una fosa donde depositar la nueva caja funeraria del gran poeta cubierta con la bandera nacional. La noticia saltó mediante la prensa y hasta se hizo eco de ella el diario «La Vanguardia» (domingo, 12 de junio de 2011) mediante su colaborador en Lisboa Gabriel Magallâes. Los portugueses no entendieron esta modalidad de traspasarlo a un nuevo ataúd, muchos ni siquiera llegaron a conocer el fenómeno producido en Fernando Pessoa y que la ciencia le da el nombre de «adipocere» , o la broma que en ciertas circunstancias puede gastar la grasa de un cadáver transformándose en cera. En otros tiempos menos dados a encontrar explicación a todo mediante la ciencia, al cadáver de una persona que estaba incorrupto se le consideraba un candidato para ser elegido a ocupar el santoral.

Pues bueno, el articulista nos narra que en el poeta se dan una serie de sucesos relacionados con el gran santo lisboeta, conocido con el nombre de San Antonio de Padua, nacido a finales del s. XII; es más, se afirma por tradición familiar que eran parientes tanto por parte de padre como de madre. En otra ocasión se pueden dar más detalles, en caso de que alguien estuviere interesado o interesada.

El Templo expiatorio de la Sagrada Familia

Fachada de la Pasión. Sagrada Familia
Fachada de la Pasión. Sagrada Familia en Barcelona

Cuando en 1910 se iba a presentar la maqueta de la Fachada del Nacimiento a la Exposición de París, arquitectos que colaboraban con Antoni Gaudí en la construcción de la Obra le preguntaron qué tendrían que contestar si les preguntaban por el estilo en el que se hacía el Templo. Gaudí les contestó que respondieran que estaban intentando hacer «una mejora del gótico». Y evidentemente el gran Maestro hizo una mejora tan grande del gótico que creó un estilo nuevo: una alegoría trasladada a la arquitectura en forma de un lenguaje simbólico escrito en cada piedra. Un espíritu tan lleno de religión, de misticismo y de biblia necesitaba dejar un testimonio de sus creencias esculpido en las paredes exteriores del Templo. Este espíritu fue muy bien interpretado por los arquitectos que continuaron la construcción de esta gran obra de arte, tal como Gaudí quería. La nueva arquitectura continúa con fidelidad el pensamiento gaudiniano, aunque haga servir, como es normal, técnicas propias de nuestro tiempo. A todo esto tenemos que adjuntar la creatividad del gran Josep Mª Subirachs; el escultor transformó la Fachada de la Pasión en una representación de una gran tragedia de estilo clásica: cada grupo escultórico habla por sí mismo, no es necesario más.

Todos los que vienen a visitar la ciudad de Barcelona quieren ver con sus propios ojos las maravillas que oyeron explicar del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Los que vivimos en la Ciudad entendemos que es normal. La Sagrada Familia a nadie deja indiferente, las personas que se acercan abren desmesuradamente los ojos y expresan un ¡oh! de admiración cuando ven el Templo. Los visitantes llenan los alrededores, las facadas las plazas,…y por tanto, no siempre es fácil poder estar recreándose en contemplar una obra tan llena de simbolismos, como por ejemplo la letra M inicial de María entre el portal de la Caridad y el de la Fe, o los signos del zodíaco, o la naturaleza exhuberante de la Fachada del Nacimiento, etc.

La ruta que presentamos en Musguide del templo de La Sagrada Familia intenta ser una ayuda por medio de la imagen y de texto explicativo para exponer las particularidades más esenciales de cada fachada e intentar dar una pauta para poder conocer los misterios que pretendía Gaudí mediante los diversos simbolismos.

Muchas veces será necesario poner un punto de abstracción a todo el conjunto para así fijar la vista en los detalles, uno tras otro, para extraer el jugo de toda la propuesta representativa que el Arquitecto quiso dejar impreso en la piedra arenosa de Montjuïc.

La conservación de la Catedral de Sevilla y su Giralda

exterior catedral de sevilla

Cuando Fernando III el Santo conquistó Sevilla, ésta era una auténtica metrópoli musulmana; los castellanos no habían visto nada similar en sus tierras ni en ningún otro reino cristiano peninsular. Sevilla era populosa, bien urbanizada, con calles para cada oficio (como sucedía en el barrio barcelonés de Santa María del Mar). El ejército de San Fernando quedó boquiabierto por la abundancia que vieron en sus calles y plazas: había de todo. El rey Fernando la hizo capital de su reino.

Hacía demasiado tiempo que los musulmanes ocupaban aquellas tierras, por lo que los cristianos que residían allí eran muy pocos; se contentaban con tener una iglesia donde poder ofrecer su culto a Dios. Don Fernando opinaba de forma muy diferente; no podía permitir que una ciudad como Sevilla, la mayor de su reino, estuviera huérfana de una catedral y de una cátedra arzobispal. El empeño que puso para conquistar el reducto islámico peninsular y Marruecos para atajar de una vez por todas nuevas invasiones no le permitió un respiro para preocuparse en construir un templo cristiano como el que se estaba haciendo en Burgos; pensó que en aquellos momentos era más importante continuar con sus campañas de conquista. Mientras la mezquita podía servir de catedral como también se había hecho en Córdoba y las generaciones venideras ya se preocuparían de «que se labrara otra iglesia, tal buena que no hubiese igual» (disposición del Cabildo del año 1401).

Las obras para la construcción de la nueva catedral se iniciaron probablemente en 1433 puesto que el Cabildo mandó a un tal maestre Isambret que se le pagaran unos gastos y su sueldo. ¿En razón de qué se hizo? Hasta la fecha el «templo gótico mayor de la cristiandad», según se reza por aquellos pagos, carece del nombre propio de su arquitecto. Y ello tal vez se deba a que no fue una obra iniciada por ningún monarca, ni por nadie de la nobleza ni por prelado alguno, sino por el Cabildo para exaltar, tal vez, su propia ambición. A todo ello, sin embargo, hemos de añadir que se conoce que trabajaron en ella Simón de Colonia y Juan Gil de Hontañón.

La catedral, de estilo gótico, ocupa el espacio de la demolida mezquita; es de planta cuadrada dividida en cinco naves sin crucero ni ábsides; la decoración de la Capilla Real es plateresca y tiene innumerables obras de arte en su interior. Llaman la atención: el Monumento funerario dedicado a Cristóbal Colón -¿yacen en él sus restos mortales?- y el Coro. Además se conserva el Minarete de la antigua mezquita, llamado la Giralda: tiene 60 metros de altitud, es de planta cuadrada midiendo su lado 13,60 m; se puede acceder a la parte alta mediante 35 rampas interiores, y hace actualmente de campanario. Este Minarete fue construido a finales del s. XII por los almohades, pero su exterior fue adornado con cerámica de Valencia. Sobre el 1560 Hernán Ruiz el Joven remató la Torre con tres cuerpos más de estilo renacentista y la imagen de la Fe, una auténtica obra de arte que equivale a una escultura.

Leo en el diario La Vanguardia que «la catedral de Sevilla padece un proceso de transformación en arena a causa de la mala calidad de la piedra». La Giralda tampoco se escapa de este proceso: «Cuando el cielo truena la Giralda arroja tierra»; pero también nos aclara el artículo de Adolfo S. Ruiz que el material desprendido no procede del cuerpo original de la torre construido por los almohades con piedra poderosa, sino del precioso templete renacentista añadido en la segunda mitad del s. XVI. Los conservadores del edificio no están demasiado preocupados por la conservación de la Giralda, pero sí por la de la catedral que tiene un mal endémico en la mala calidad de su piedra. El articulista del 11 de marzo de hogaño nos afirma que los arquitectos prefirieron el material procedente de Cádiz porque era más barato y su transporte en barco por el Guadalquivir más asequible que el de Osuna y Estepa -piedra de mayor dureza- porque tenía que llegar en carreta, era más caro y en invierno se hacía imposible su transporte. La piedra de la desembocadura del río Guadalquivir es de mala calidad porque hace miles de años yacía en el fondo del mar.

La piedra de este gigantesco y bello Templo se deshace lentamente por lo que han desaparecido pináculos, gárgolas y crestas, y sus aristas se van redondeando. Los temporales de lluvia y viento perjudican muchísimo este Monumento, pero también lo hacen las condiciones medioambientales, como una segunda causa agresiva sobre todo por el tránsito. De todo ello se deduce que se necesitan grandes inversiones para que «la catedral gótica más grande del mundo conserve su color original».

Valladolid, una ciudad que rezuma arte por doquier

Valladolid

Todas las ciudades tienen sus encantos: unas, porque tienen más historia, se enorgullecen de su pasado y están dispuestas a darlo a conocer a todos los que llegan; otras, más jóvenes y con menos calles retorcidas y estrechas que enseñar, se regocijan, empero, de su pujanza actual expresada en niveles varios -de economía, de urbanismo, de estatus social y cultural, y de un largo etcétera-.

Valladolid

 Valladolid es una ciudad con historia; aunque se desconocen sus orígenes tiene vida más que suficiente como para poder mostrar con todo esplendor desde su paso por la Edad Media hasta nuestros días. Es, sin lugar a dudas, un encanto de ciudad; los azares del tiempo la llenaron de fueros y privilegios para convertirla en la capital política de Castilla y en un importante centro cultural y económico. También tuvo que sufrir sus titubeos de decadencia iniciados en el incendio de 1561 y cuando el vallisoletano Felipe II trasladó la capitalidad a Madrid; pero la ciudad pudo con todos los entuertos y avatares históricos sacando provecho de su pasado y hoy se nos muestra como una ciudad bien comunicada, con un desarrollo industrial pujante, como centro universitario desde 1346 y con todos los privilegios civiles y religiosos como avales de una población moderna. La Naturaleza no quiso ser menos y la premió con caudales de agua a su alrededor, ya que las nubes llegan secas.

Esta Capital castellana es un centro de arte. Tiene importantes monumentos medievales como las iglesias de Santa María la Antigua de construcción románica y elementos góticos, y la de San Martín de construcción similar, pero reformada en el s. XVII. El templo de San Miguel es de tipo gótico tardío, pero como su edificio era ruinoso el rey Carlos III mediante una real cédula unificó su parroquia con la de San Julián en la iglesia de San Ignacio de Loyola ( s. XVI), después de haber expulsado a los jesuitas; por este motivo el templo pasó a llamarse Real Iglesia Parroquial de San Miguel y San Julián. El convento de San Pablo atribuido a Simón de Colonia y el Colegio de San Gregorio obra de Gil de Siloé tienen unas fachadas impresionantes pertenecientes al gótico-mudéjar, el estilo de los Reyes Católicos, con un trabajo excepcional propio de la orfebrería plateresca del s. XV. Ambos fascinan de noche por su bien lograda iluminación, pero de día realzan su monumentalidad.

Pertenecen al estilo renacentista la iglesia de la Magdalena de Gil Hontañón, el monasterio de Las Huelgas con fachada mudéjar y esculturas de Gregorio Fernández en su interior. La Catedral, que está inacabada, es una obra característica de Juan de Herrera cuya construcción fue encargada por Felipe II; destaca el gran retablo del Altar Mayor construido por Juan de Juni. Son de estilo herreriano la iglesia de la Santa Cruz en cuyo interior podemos contemplar el Descendimiento de Gregorio Fernández, y la iglesia de Las Angustias que tiene La Virgen de los Cuchillos, hecha por Juan de Juni.

Aunque siempre se ha dicho que en Valladolid el arte está al servicio de la evangelización, sin embargo también podemos afirmar  que la arquitectura civil destacó muchísimo tanto en el arte Plateresco como en la interpretación estilística del Renacimiento italiano sobre todo en la vivienda urbana; las mansiones aristocráticas se adornan con estructuras del Renacimiento. Parece que el arte vallisoletano, debido a su gran poder de asimilación, logra que muchos estilos artísticos encuentren allí su culminación: el gótico, el herreriano, el renacentista de Berruguete pueden servir de ejemplo. En arquitectura civil se debe destacar el renacentista Colegio Mayor de Santa Cruz construido por Lorenzo Vázquez sobre un trazado gótico; la Casa de Cervantes del s. XVII transformada en Museo Arqueológico; la fachada barroca de la Universidad; el enorme palacio de los Condes de Benavente empleado como residencia de reyes -un incendio en el s. XVIII lo dejó maltrecho- todavía conserva el alfiz medieval en la puerta principal,  con un patio renacentista cuyos capiteles con hojas de acanto especiales son clásicos. La llamada Casa del Sol de portada sobria y hueco entre columnas. El Palacio Real, concluido por el Duque de Lerma sobre una mansión del secretario del emperador Carlos, tiene unos ornamentos de  una delicadez renacentista impresionante y al mismo tiempo con una visión plateresca que fusiona los dos estilos.

Hacia la segunda mitad del s. XVI nace un nuevo clasicismo más austero tanto en la arquitectura religiosa como en la civil; un ejemplo característico de la construcción civil lo encontramos en el palacio del marqués de Villena con la austeridad propia de Bramante:  portada sencilla con arco de medio punto, patio con dos arquerías jónicas y medallones en las enjutas. En el palacio de Butrón hallamos una tendencia florentina tirando hacia el manierismo: ornamentación escultórica de yesos preciosos al estilo italiano.

En la arquitectura religiosa podemos tomar como ejemplo la iglesia del Salvador en la que la fachada está concebida como si de un retablo se tratara: huecos entre columnas, hornacinas y esculturas muy bien trabajadas.

No sólo en Valladolid capital encontramos tanta magnificencia artística. Si queremos disfrutar del arte de la edad de oro español debemos visitar toda la provincia, donde hallaremos la autenticidad de la arquitectura castellana.

El Museo de Valladolid: desde 1933 está instalado en el Colegio de San Gregorio (s. XV), su estilo es plateresco -decoración exuberante sobre construcción gótica-. Su fachada decorada con figuras y escudos de armas parece un retablo; su patio semeja el de dos cuerpos sobrepuestos, el de la planta baja hecho a base de columnas porticadas, mientras que la galería alta la forman ventanas muy decoradas. Si el edificio en sí es una joya, no lo es menos el género a que se dedica: escultura castiza de madera tallada y policromada de los siglos XVI y XVII con temario religioso en exclusiva de los tres grandes maestros de la escuela castellana: Berruguete, Juan de Juni y Gregorio Fernández. Es necesario verlo para descubrir los encantos de cada escultor y lo grandes que fueron ellos mismos como artistas.