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Francisco de Paula José Goya y Lucientes

Vicente López Portaña de Francisco de Goya
Vicente López Portaña de Francisco de Goya

 Un pintor aragonés en Madrid para la corte ilustrada de los Borbones

Un 30 de marzo de 1746 Fuendetodos, un insignificante pueblecito del sur de la provincia de Zaragoza, empieza su andadura histórica. En esa fecha nació allí, de forma casual, uno de los grandes maestros de la pintura española del s. XVIII: Goya. Su madre, que pertenecía a la pequeña nobleza aragonesa, y su padre, que ejercía de dorador de retablos, se trasladaron a esta población mientras restauraban su vivienda de Zaragoza donde residían i tornarían un año más tarde. Este gran pintor vivió a caballo de 2 siglos como Shakespeare o Cervantes y otros grandes personajes ilustres. A ser sincero, nuestro artista tuvo también influencia enorme en la época vanguardista del siglo XX. Sus inicios no fueron demasiado optimistas; por dos veces entró en el concurso de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1763 y 1766), pero en ninguno de ellos obtuvo éxito, por lo que sus primeros contactos con Madrid se pueden considerar de auténticos fracasos: si quería ir a Italia lo tendría que pagar de su bolsillo, y así fue.

De su infancia poco se sabe y ello indica que sería la de un niño normal que cursó sus primeros estudios en un colegio religioso. En 1760 le hallamos ejercitando sus primeras experiencias en el arte de la pintura en el taller de un modesto pintor de la cámara de Felipe V llamado José Luzán y Martínez, quien le orientó hacia la copia de grabados; parece ser que sus padres pasaban penurias económicas y él quiso contribuir con su trabajo para ayudar a su familia. Tal vez tuvo pequeños encargos en iglesias locales, donde ornamentaría altares, sagrarios,…trabajos que conocía por experiencia familiar por un lado y por otro de una dimensión nada extraordinaria que hiciera prever la madurez explosiva de auténtico e ingenioso pintor. A Goya le atrajeron quizás las perspectivas tan seductoras de los artistas de la corte de Carlos III, y sobre todo la lucha divergente de los que perseveraban en el barroquismo y rococó decadentes, entre ellos Tiépolo, y los iniciadores del neoclasicismo comandado por el famoso pintor de retratos el bohemio Anton Raphael Mengs, que además de ser un buen pintor era también un personaje importante e influyente en Madrid.

De los trabajos realizados en la Academia de dibujo de Zaragoza dirigida por Luzán, no se conoce o no se conserva prácticamente nada; aunque se le atribuyen algunos cuadros de temática religiosa como la «Sagrada Familia con San Joaquín y Santa Ana ante el Eterno en la gloria» en un barroco tardío al estilo de Nápoles y de fecha también incierta. No es de extrañar que sus contemporáneos dejaran en el olvido sus creaciones de juventud, y eso era debido que Goya progresaba muy lentamente, tanto que nadie esperaba de él que llegase a sobresalir en la pintura.

Si en 1970 lo encontramos en Roma, Venecia, Bolonia y en Parma para entrar en el concurso de aquella Academia con resultado de mención honorífica, en 1971 lo hallamos en Zaragoza pintando los murales al fresco de la «Gloria» en la capilla de la Virgen del Pilar, con una libertad de impulsos que más hacen pensar ya en la pintura francesa de la época. A partir de aquí, su estilo se desarrolla con mayor soltura tal como se muestra en la cartuja de Aula Dei: grandes pinceladas, impulso vertical y figuras que emanan fuera de las normas del neoclasicismo.

Supo aprovechar para encaminar su economía la influencia que su cuñado, el pintor Francisco Bayeu, tenía en la Corte de Madrid, quien a proposición de Mengs estaba decorando el Palacio Real. Ya en 1775 había recibido el encargo de ejecutar unos cartones para la Real Fábrica de Tapices destinados a El Escorial. Este trabajo lo realizó al estilo de Bayeu y duró hasta 1792; la narrativa de Goya en trabajos anteriores tuvo que dejar paso al academicismo. Mientras, entre las fechas citadas, realizaba también cartones para Mengs con temas de tipo popular en los que se encontró dentro de una atmósfera más cercana a su interpretación, pero con signos evidentes de Tiépolo y Velázquez, de quien copió al aguafuerte su «Huida a Egipto». En 1780 fue elegido «miembro de mérito» por la Real Academia de Bellas Artes con el «Cristo crucificado», una pintura fría al estilo de Francisco Bayeu y que se conserva en el Museo del Prado. A partir de este momento, se deja llevar por sus extraordinarias dotes del colorido y se va apartando del neoclasicismo para adentrarse en el naturalismo de creación folklórico como se muestra en los cuadros de la «Anunciación» para los Osuna, o los lienzos sobre «La vida de San Francisco de Borja» para Santa Ana en Valladolid, o los más místicos para la catedral de Valencia, que algunos comparan con el propio Zurbarán. En el Museo del Prado pueden contemplarse bajo este estilo «La pradera de San Isidro», «El columpio» y «La cucaña».

En 1785 alcanzó la vicedirección de la Academia de San Fernando y, luego, nombrado pintor del rey; por ello se puede deducir como el período más gratificante de su carrera por el reconocimiento y honores recibidos. La mayoría cortesana desea ser retratada por el Pintor, ya que ven en él que sabe captar la esencia humana de sus personajes, sobre todo los femeninos. Destacan los retratos de la «Duquesa de Osuna» y la «Marquesa de Pontejos» por la refinada sensibilidad y la gama de grises plateados entre reflejos luminosos.

En 1789 fue nombrado por Carlos IV «pintor de cámara» y retratista real; es la época que coincide con su sordera a causa de una enfermedad contraída en Cádiz. La sordera le produjo una mutación importante que contrapuso la realidad a su imaginación; se sintió inquieto políticamente ante la caída en desgracia de su amigo Jovellanos. Su pintura está en consonancia con la rebeldía que siente en su interior, saltándose los cánones tradicionales para dar rienda suelta a la «invención y al capricho»: véanse en la Academia «El entierro de la sardina», «La corrida de toros en un pueblo», «El manicomio» o «La escena de la inquisición», pues en todos ellos se resalta el fanatismo, la violencia y la superstición; los colores neutros se mezclan con otros pastosos entre los que sobresalen los rojos, azules y amarillos. El punto culminante se halla entre los 72 grabados de los «Caprichos» como un compendio de vigilia, sueño y razón. El intimismo se relaciona con la caricatura, la imagen a una simple apariencia; es la época de las transparencias como las manifestadas en varios retratos de la «Duquesa de Alba».

Todo lo dicho puede resumirse en el «Retrato de la familia de Carlos IV», ya en los albores del siglo XIX. En él Goya asume el papel de Quevedo o Valle Inclán en la pintura; es despiadado con los personajes que pinta, matizando sus rostros decadentes y viciosos con un cromatismo impío y caricatura cruel. Será su último retrato de la realeza; la política española también cae en los abismos de las garras francesas. Goya se siente angustiado al ser testigo de los fusilamientos realizados por las tropas francesas en el «dos de mayo» madrileño. A partir de esta fecha se hace necesario crear un segundo Blog dedicado a Francisco de Paula José Goya y Lucientes.

Obras importantes de la época descrita:

«La maja y los embozados» Puede verse en el Museo del Prado. Es un óleo sobre lienzo. Pertenece a la serie de 10 cartones para los tapices destinados al Palacio del Pardo, hechos entre 1776 y 1778. Son de un naturalismo muy acertado, donde los personajes están en consonancia con el paisaje.

«El quitasol» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo. Es el cartón más elogiado de la serie por su cromatismo y espontaneidad de las figuras.

«La cometa» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo. Representa un fragmento de la vida popular. La composición va desde un primer plano oscuro para ir ganando claridad a medida que se aleja al cielo.

«El ciego de la guitarra» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo en 1778. Es una composición muy elaborada; en el rostro del guitarrista puede observarse rasgos pictóricos de facción expresionista. Fue encargado para adornar en el Palacio del Pardo la antealcoba de los príncipes de Asturias. Sobre el mismo tema existe un precedente en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

«El cacharrero» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo. Destinado también para la alcoba de los príncipes de Asturias. Podemos observar la precisión de la luz sobre las figuras; asimismo la libertad en pinceladas amplias, como también las imperfecciones corregidas en las ruedas del carruaje por la rapidez en que fue realizado.

«La vendimia» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo en 1786. Con este cartón se estrena como «pintor del rey» para adornar el comedor del Palacio del Pardo. La luminosidad ambiental se entremezcla en el grupo figurativo ideado como una pirámide. Puede notarse cómo se difunde una técnica diferente.

«La maja desnuda» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo realizado en el último año del siglo XVIII. Se desconoce la modelo, aunque hay quienes suponen que se trata de la duquesa de Alba; también se cree que fue encargado por Godoy. Es el segundo desnudo femenino de la pintura española, ya que el primero debe su autoría a Velázquez en su «Venus del espejo». Existe una diferencia abismal entre ambas modelos; si en Velazquez se muestra una figura idealizada, Goya confecciona la suya como una mujer llena de vitalidad y con un cuerpo sensual y provocativo. Su pintura fue considerada obscena en su época y hasta materia de denuncia para la Inquisición.

«El pelele» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo. Una ironía sarcástica se nos presenta en un juego con el que Goya quiere poner de manifiesto la malicia femenina: el pelele es un muñeco de paja lanzado al aire por cuatro jóvenes cuyas expresiones lo dicen todo.

«Retrato de mujer» (Museo del Prado). Óleo sobre lienzo. Uno de tantos cuadros que Goya pintó, traído aquí porque algunos críticos, consideran que la modelo podría ser la esposa de Goya, Josefa Bayeu; aunque otros afirman que no puede serlo, por razones de edad. Destacan la luminosidad, la intensidad de su mirada y la expresión del resto de su rostro con un cierto recato.

Viladomat, un pintor del 11 de septiembre de 1714

El paseo de Lluís Companys, conocido antes con el nombre de Víctor Pradera y también paseo de San Juan, termina en El Arco de Triunfo que ha quedado como símbolo histórico y puerta de acceso al recinto donde se realizó la Exposición Universal de 1888 de Barcelona. Este paseo es uno de los lugares más bellos de la Ciudad Condal; está ubicado delante del Parc de la Ciutadella y adornado con farolas modernistas del barcelonés Pere Falqués y Urpí; este arquitecto quizás sea más conocido por las farolas del paseo de Gracia, pero se le conoce también, entre otras obras, por el monumento a Rius i Taulet donde se inicia esta avenida. A ambos lados del monumento dedicado a tan insigne personaje y promotor de la Barcelona universal, podemos admirar las estatuas del gran caballero y aventurero Roger de Flor y la del artista barroco Antoni Viladomat y Manald. Quien no conoce la pintura de Viladomat y quiere disfrutar de ella, puede hacerlo porque este año se le está dedicando una exposición múltiple en el Museo de Arte de Girona, en el Museo Diocesano y Comarcal de Lleida, en el Museo de Mataró y el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Antoni Viladomat goza desde el último cuarto del siglo XIX de una amplia bibliografía y ocupa lugar en la Galería de Catalanes Ilustres en la Real Academia de Buenas Letras. En su época fue famoso, siendo elogiado por el académico del siglo XVIII Anton Raphael Mengs. Viladomat entró de aprendiz del pintor Juan Bautista Perramon los nueve años de edad, cuando todavía Cataluña era un estado. Más tarde colaboró ​​con el pintor italiano Ferdinando Galli «Bibiena» decorando la iglesia de San Miguel, hoy desaparecida; ya que Bibiena era el artista más destacado de la corte del archiduque Carlos III en Barcelona, esta colaboración fue muy positiva tanto para su formación como para su economía, pues su producción fue creciendo. También su prestigio fue en aumento debido a los litigios con éxito que mantuvo con el Colegio de Pintores de Barcelona porque el consideraba de un espíritu gremial y artesano. Esta circunstancia hizo que su taller se consolidara y fuera lugar de formación para muchos pintores y artistas.

Su producción como pintor fue muy abundante, pero una buena parte importante de su obra se ha perdido. Sin embargo, se conserva una cantidad importante como para catalogar su personalidad artística. En el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) se recoge un conjunto de dibujos de calidad excelente; los cuadros de las «Estaciones», de naturalezas muertas y otras de temática religiosa, especialmente los cuadros sobre San Francisco, pintados para el convento de los franciscanos de Barcelona. En la capilla de los Dolores de Santa María de Mataró, se puede encontrar un conjunto de cuadros representativos del barroquismo catalán: los «Dolores de la Virgen» formando un tema único con ángeles y apóstoles, evangelistas y santos que se complementan con pinturas murales al temple que recubren la bóveda y las paredes laterales de la capilla. Viladomat en los cuadros de vida religiosa nos muestra una inspiración sobria, casi mística, con una serenidad impropia del barroquismo peninsular; quiere huir de los sentimentalismos exagerados con una técnica expresiva, natural y elegante.

El pintor catalán logró esta técnica tan precisa gracias a su trabajo, utilizando bocetos, dibujos y un estudio cuidadoso de la composición en escena. Su dibujo demuestra un fuerte conocimiento del natural, formando parte del ambiente y paisaje catalán, y de la luz mediterránea. Sus excelentes cualidades artísticas han visto quizás un poco mermadas debido a sus posibilidades económicas. Hay piezas que nos hablan del genio que llevaba dentro, mientras que otros nos hablan de la necesidad del pan de cada día.

Viladomat fue un gran y excelente pintor barcelonés; el mejor pintor catalán de su tiempo: Barcelona lo reconoce así y le dedica una gran calle del Eixample. Fue un hombre marcado por los hechos de 1714, pues nació en una tierra llena de instituciones, lengua y leyes propias, pero murió en una simple provincia. «Viladomat tuvo las virtudes y los defectos que podía tener cualquier artista» dentro de la época que le tocó vivir. Las instituciones actuales catalanas recogen la obra del artista más relevante de su tiempo, dentro del marco del «Tricentenario de los Hechos».

Jackson Pollock

La mayoría de los artistas siguen el estilo propio de la época en la que se encuentran. Pero esto no siempre sucede así; es más, muchos prefieren seguir el de la época anterior y hasta lo que tienen una personalidad muy fuerte, crean su estilo propio. Este es el caso de Paul Jackson Pollock, mejor conocido como Jackson Pollock (Wyoming, EEUU 28/1/1912 – Nueva York, EEUU 11/8/1956).

Fue un importante e influyente pintor americano y una destacada figura en el movimiento del Expresionismo abstracto. Empezó su carrera artística pintando obras de pequeño formato encerrado en un taller, como mucho otros artistas de la época, hasta que se dio cuenta de que en esas pequeñas obras no podía expresar todo lo que quería, y así empezó a realizar obras de gran formato, haciendo servir todo su cuerpo como instrumento de pintura aunque también la paleta y el pincel. De este modo, toda la energía y fuerza de su cuerpo quedaba expresada en sus lienzos.

Su estilo pronto fue reconocido por el hecho de ir salpicando la pintura. Así se introdujo en el uso de pintura líquida, utilizando como técnica la de verterla como una técnica sobre sus lienzos de principios de 1940. Comenzó a usar además como instrumentos pinceles endurecidos, varas y jeringas; quizá por primera vez, hizo empleo de pinturas de resina sintética, llamada barniz alkyd, que era novedosa en esa época.

En sus obras no había un centro de fuga, como punto principal de referencia en el que fijarse; sino que eran rayas y manchas, unas encima de las otras, mezclas de colores y salpicaduras sin ningún objetivo en concreto. Pollock iba pintando hasta conseguir un buen resultado.
La técnica de Pollock de verter y salpicar pintura es reconocida como uno de los orígenes del action painting (pintura de acción) ya que involucraba todo el cuerpo, de este modo el artista se podía expresar al máximo.

Pollock firmó un contrato con Peggy Guggenheim en julio de 1943. Recibió una comisión para crear Mural (1943), de 8 pies de altura y 20 pies de longitud, para implantarlo en la entrada de la nueva casa de Guggenheim. A sugerencia de su amigo y consejero Marcel Duchamp, Pollock pintó esta obra en un lienzo en lugar de la pared para que fuera portátil.

Este gran artista creyó conveniente el hecho de dejar unas obras sin título y otras de dejarlas simplemente enumeradas, como por ejemplo –una de las más importantes- la “Número 1”. De esta forma, el autor conseguía evadir la búsqueda de elementos figurativos por parte del espectador. Pollock prefería que cada uno dejara volar la imaginación hasta encontrarle su propia explicación, en vez de tener todos una misma sensación de la obra y buscarle ése mismo sentido. El autor creía que los números eran neutrales, y por eso permitían a las personas ver la pintura por lo que es – pintura pura.

Pollock destacó en el mundo del arte; gracias a su propio estilo, a su gran imaginación y al valor del colorido. El verano se presenta propicio para buscar algunas de sus obras y dejar volar nuestra imaginación.

Antoni Tàpies, máximo representante catalán del informalismo.

Muchos de nosotros hemos visto obras de este autor y nos hemos preguntado; ¿Qué representa?, ¿Cuál es su significado real?…Y es que a veces es difícil saber qué es lo que nos está intentando transmitir, ya que según el estilo de la obra o según él mismo, el significado puede llegar a ser más o menos complejo. Esto pasa a menudo con Antoni Tàpies (Barcelona 13 de diciembre del 1923–6 de febrero de 2012).

Tàpies está considerado como uno de los principales exponentes a nivel mundial del informalismo que, con su formación autodidacta, creó un estilo propio dentro del vanguardismo del siglo XX, en el que se combinaban en un estilo abstracto la tradición y la innovación, lleno de simbolismo, dando gran relevancia al sustrato material de la obra. Tàpies se situó dentro de la denominada “pintura matérica” , también conocida como “art brut”, que se caracteriza por una gran variedad de materiales heterogéneos en sus pinturas, en sus esculturas,… con las que creó una técnica mixta, muchas veces con materiales de reciclaje como si de Jujol se tratara: papel, tela, cuerdas, trapos y hasta trozos de mobiliario como en el monumento a Picasso…mezclados con materiales tradicionales del arte para buscar un nuevo lenguaje de expresión artística, y tal vez por eso se dice que Tàpies se basaba en el predominio del collage.

También podríamos añadir que era partidario del uso de colores puros y figuras geométricas en sus obras para estar de acuerdo con su filosofía principal: hacer de lo insignificante lo más importante.

Podemos considerar que sus obras más características son las que aplica su mixtura de diversos materiales en muros o paredes, a las que añade distintos signos con sus significados diferentes, similares en cierto aspecto al arte popular conocido hoy en día como el «graffiti».

Las obras de Tàpies contienen signos de una diversidad insaciable, como cruces, lunas, asteriscos, letras, números, figuras geométricas, etc. Para este autor dichos elementos tienen un significado alegórico relacionado con el mundo interior del artista; y así puede evocar temas tan trascendentales como la vida y la muerte o como la soledad, la incomunicación o la sexualidad. Da a cada figura un significado concreto: las letras A y T tanto pueden ser las iniciales de su nombre y apellido (Antoni Tàpies) como la letra principal de Antoni y Teresa (su mujer); la X como misterio (incógnita) o símbolo de las coordenadas del espacio o la lucha de dos fuerzas opuestas y como es habitual para todo el mundo el signo de tachar algo; la M la explica de la siguiente manera:

“Todos tenemos una M dibujada en las líneas de la palma de la mano, lo cual remite a la muerte, y en el pie hay unas arrugas en forma de S; todo combinado era Muerte Segura”. 

Por otro lado, sabemos que Tàpies se basaba en cromatismo muy austero, debido a que generalmente se movía en gamas de colores puros, fríos, terrosos, como el ocre, marrón, gris, beige o negro.

La temática de su obra refleja una gran preocupación por los problemas del ser humano: la enfermedad, la muerte, la soledad, el dolor o el sexo; puesto que se basó en su propia experiencia de la vida. Nos dio una nueva visión de la realidad, siendo ésta más sencilla y cotidiana, pero mostrando siempre su verdadera espiritualidad, difícil de definir. La concepción vital de Tàpies se basaba en la filosofía existencialista, que remarca la condición material y mortal del hombre, la angustia de la existencia, la soledad, la enfermedad, la pobreza, etc. El existencialismo señala el destino trágico del hombre, pero también reivindica su libertad, la importancia del individuo, su capacidad de acción frente a la vida; así, Tàpies pretendía con su arte hacernos reflexionar sobre nuestra propia existencia.

Más tarde, influenciado por el pop-art, empezó a utilizar objetos más sólidos en sus obras, como partes de muebles ya anteriormente mencionados. Sin embargo, la utilización de elementos cotidianos en la obra de este autor no tiene el mismo objetivo que en el pop-art, en Tàpies siempre está presente el sustrato espiritual, la significación de los elementos sencillos como evocadores de un mayor orden universal y no la banalización de la sociedad de consumo y los medios de comunicación de masas propios del pop-art.

Así pues, las obras de Tàpies a simple vista son difíciles de comprender, pero una vez conocemos su significado tienen mucha lógica. El problema es que cuesta entender su estilo y sus características, su idea de lo que quería transmitir y su verdadera filosofía de la vida. Para poder saber todo esto y más, MusGuide nos proporciona toda la información necesaria con la que después podemos ir a la Fundació Antoni Tàpies o al MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya) conociendo y entendiendo sus obras.

Antoni Tàpies es un gran artista.

Sorolla, la luz del sol y el mar

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Cuando se va a contemplar una exposición de una obra pictórica de algún autor considerado famoso o que a uno le llena el espíritu, puede suceder, alguna que otra vez, que las coletillas no siempre coinciden con el visor de nuestra vista en cuanto a colores se refiere. Y uno se pregunta si la apreciación cromática en las diferentes graduaciones que cada color tiene es similar, no idéntica, en todas las personas; a veces se puede cuestionar dicha apreciación del crítico en relación a la del autor. El porqué de este inicio viene dado como consecuencia de la fantástica y extraordinaria exposición que la CaixaForum le dedica a Joaquín Sorolla en su Centro Social y Cultural de Barcelona; exposición que podrá ser visitada hasta el 14 de septiembre.

Sorolla es un amante del mar, de su color cambiante como la luz solar en cada momento del día. El pintor valenciano tiene alma de marinero mediterráneo, el de su tierra; pero lejos de acomodarse en el costumbrismo histórico, como así fue en su época de formación interpretando modalidades académicas; pronto abandona la técnica de dibujante de interiores para lanzarse a la pintura naturalista que le ofrece el exterior, al aire libre, donde da forma a una técnica fluida y de pincelada larga, al estilo de Jules Bastien­Lepage y del alemán Adolf von Menzel; dichos pintores gozaban de paleta clara, factura suelta y pincelada larga, plasmando así con gran maestría los efectos lumínicos, que tanto impresionarán en Joaquín Sorolla.

En sus años de formación siente admiración profunda por Velázquez porque le consideraba próximo a su sensibilidad de vanguardista en cuanto le descubre en el Museo del Prado. También los pintores modernistas catalanes, coetáneos suyos, Ramón Casas y Santiago Rusiñol, interesados como Sorolla en representar los efectos de la luz al aire libre, se decían ser los auténticos herederos de las enseñanzas del gran pintor barroco.

Su suegro, Antonio García que era fotógrafo de profesión, conoce al joven pintor valenciano a través de su hijo Juan Antonio cuando ambos estudiaban en la Escuela de Bellas Artes; conocedor de su talento como pintor, no duda en protegerlo dándole trabajo en su estudio y enseñándole simultáneamente los sistemas del manejo de la luz, el encuadre de la imagen y todos los recursos expresivos que podemos admirar en los cuadros de playa.

Destacan de esta época de pintura histórica: «Otra Margarita», «Y aún dicen que el pescado es caro» y «Triste herencia» entre otras.

Llegó su proyección internacional cuando obtuvo el «Grand Prix» del Pabellón de España y Portugal en la Exposición Universal de París de 1900. A partir de dicha fecha, museos de Luxemburgo, Berlín, Londres, Nueva York,…se interesan por su obra; a pesar de recibir ciertas críticas controvertidas, llega a la cumbre de su fama y éxito después de exponer en Chicago y San Luis.

En cuadros como «Pescadores valencianos», «Comiendo en la barca», «Cosiendo la vela» o «Triste herencia» empieza a manifestar su amor por la pintura al aire libre, a pesar de pintar en ellos cuadros de costumbres; pero determinadas facetas están dominadas por el sol para recrearse en el luminismo que le hará célebre años más tarde. A veces una simple sombrilla marca el encuadre o sirve para filtrar la luz poderosa del sol, del que hay que guarecerse, como sucede en el cuadro «Mediodía en la playa de Valencia», pintado como un mosaico de pequeñas pinceladas y contraluces. Otras veces es la figura la que ocupa la mayor parte del lienzo para dar una visión más fotográfica, como aparece en «Jugando en el agua» o en «Niñas en el mar» o en «Saliendo del baño»,…

Su plenitud como pintor se halla especialmente en los cuadros realizados en las playas valencianas de Jávea y El Cabañal, donde chiquillos forman el enfoque principal y fotográfico bajo un sol abrasador. La luz solar es la única vestimenta que da vitalidad a sus cuerpos, mientras el azul cambiante del mar, según la profundidad de sus aguas o el momento del día, acoge su desnudez como parte integrante de la naturaleza. A veces Sorolla nos lleva hacia una muestra contemplativa del fondo marino bajo unas aguas nítidas y transparentes y los cuerpos de niños «Nadadores», cuyos movimientos y color se diluyen y quedan sutilmente velados en tonos más o menos violáceos y en contraste con las carnes enrojecidas entre manchas blancas de sus hombros expuestos al sol. «Me sería imposible pintar al aire libre despacio aunque quisiera», pues veía que el sol estaba en continuo movimiento cambiándole el color de las cosas y, por ello, sentía necesidad de «pintar deprisa». Los niños para Sorolla están siempre relacionados con el mar, ya para expresar un complejo luminoso de azules y blancos, ya para mostrar imágenes bien enfocadas o desenfocadas como contraluces.

Son fabulosos los cuadros pintados en las playas de Biarritz y de San Sebastián, en los que el viento y el mar parecen rivalizar en la gama de los blancos, como en el lienzo «Instantánea, Biarritz»: el viento racheado agita un mar espumoso y un velo que envuelve la imagen central. En estos lienzos es cuando se asocia la pintura al aire libre con los grandes formatos reservados para pintura de taller; la luz es la encargada de acotar la profundidad espacial para que los elementos del cuadro aparezcan en primer plano, tal como aprendió en el taller fotográfico de su suegro. Sorolla se aparta al mismo tiempo del impresionismo francés ya que la luz para él no es un elemento que conforma los objetos, sino como espectáculo de una naturaleza desbordante y llena de vida.

En la exposición de la CaixaForum «SOROLLA. EL COLOR DEL MAR», se pueden encontrar todos estos efectos tratados aquí sobre la luz y el color. La exposición presenta a Sorolla en las tres etapas de su producción. Desde nuestro punto de vista es una buena ocasión para acercarse a la obra del gran pintor valenciano: el análisis crítico, la temática de los cuadros y los apuntes dedicados a cada uno de ellos merecen una buena visita.

La noche de los museos abiertos

Existen iniciativas que valen la pena conservar y especialmente aquellas que están relacionadas con la cultura.

La nit dels museus oberts. La noche de los museos abiertos. The night of the museums. Nuit européenne des musées.
La nit dels museus oberts.
La noche de los museos abiertos.
The night of the museums.
Nuit européenne des musées.

La actividad cultural con letras mayúsculas que se viene celebrando en Barcelona desde hace unos años, La Noche de los Museos Abiertos, es digna de elogio; y, precisamente por eso, estaría muy bien que se convirtiera ya en una costumbre y sirviera de ejemplo a otras poblaciones donde todavía no han probado esta iniciativa. Ver las colas que se forman pacientemente para entrar en tal o cual museo, hace que uno se sienta agradecido a las personas que tuvieron una idea tan feliz. Es un respiro para soñar que no toda la sociedad se mueve por inercia del materialismo ni tampoco por las novedades tecnológicas exclusivamente, que de esto mucho hay.

En una noche así nacen muchas oportunidades en una ciudad con tanta historia a cuestas como Barcelona. Se puede uno mover entre los años de oro de la Corona de Aragón y empaparse del legado medieval que hemos recibido como herencia. Quienes visitan, por ejemplo, el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona, no sólo tienen la oportunidad de conocer sus orígenes o las importantísimas piezas que allí se guardan, sino también de disfrutar del entorno del lugar donde se halla; pero sobre todo de una serie de edificaciones donde está instalado y que nos abre sus puertas para que podamos contemplar su interior. Así pues, el acceso se realiza por una mansión que se había construido en el siglo XV y XVI en un lugar ajeno al que ahora ocupa, pero que, al ser trasladado piedra a piedra, dio origen al descubrimiento de la Barcino romana y visigoda; (quienes sientan curiosidad por conocer cómo vivían los hispanorromanos, cómo eran sus establecimientos comerciales, etc. en Barcino, pueden entrar en Musguide y elegir la ruta «La Catedral de Barcelona y sus Alrededores»). A sus instalaciones pertenecen también la elegante capilla de Santa Ágata del año 1302, el famoso Salón del Tinell construido en sólo 3 años por el rey Pedro el Ceremonioso entre 1359 y 1362, como así también el Palacio Real.

Hubo una época en que Barcelona fue capital de uno de los mayores imperios comerciales del Mediterráneo. Se crearon grandes fortunas entre la población burguesa; la Ciudad, amurallada, carecía de terreno edificable; grandes comerciantes y navegantes de la población civil y de la nobleza buscaron en los poblados cercanos lugares donde edificar sus palacios, compitiendo entre ellos para lograr el palacio más suntuoso. Eligieron la calle de Montcada perteneciente a la población de La Ribera o de Santa María del Mar. La Noche de los Museos ofrece la oportunidad de poder visitar varios de estos palacios por dentro, al mismo tiempo que se visita el Museo Picasso que ocupa 5 de los edificios allí levantados con el dinero de las grandes fortunas burguesas. (Recomendamos entrar en Musguide y elegir la ruta «Santa María del Mar y la Ribera»).

En los monasterios siempre se respira la paz y la tranquilidad de lo que fue la vida cenobial. Los siglos caen encima de quienes los visitan. La Noche de los Museos permite conocer un monacato de estilo gótico catalán situado en el barrio de Sarrià, en la parte alta de la ciudad Condal. Durante casi siete siglos y hasta hace muy poco vivieron en este Monasterio las monjas de clausura las hermanas Clarisas. Una vida de silencio dedicada a la oración. Este silencio impregna sus piedras, su claustro, sus celdas, su capilla, y hasta la calle que conduce hasta él. Vale la pena visitar sus dependencias como la sala capitular, la cocina, el refectorio, la bodega, las celdas,…para tener una idea de cómo era la vida de tan admiradas monjas.

Museuming
Museuming all the day.

Son tantos y tantos los museos a visitar según los gustos de cada cual que no tendríamos espacio para dedicarnos a todos ellos. El objetivo de hoy es el de dar a conocer una iniciativa municipal que a todos los que amamos la cultura nos tiene que parecer loable y aprovechar la belleza que nos ofrece su arquitectura e interiores de muchos museos.

Y si queréis hacer Museuming siempre todos los días del año, no dudéis a entrar en Musguide y a disfrutar de sus contenidos artísticos y culturales.

El 17 de mayo de 19h a 1h los contenidos serán gratuïtos, apoyando la iniciativa de la Noche de los museos.

Y si os gusta haced un Muslike en facebook y comentad.

La cultura Maya de Chichén-Itzá

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Cuando Cristóbal Colón descubrió las «Indias» existían en el continente americano tres grandes culturas indígenas: la cultura azteca en América del Norte (México), la cultura maya en América Central (sur de México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador) y la cultura inca en la zona andina y marítima del Pacífico de América del Sur (Bolivia, Perú y Chile). Llama la atención que de las tres culturas solamente la maya no formó imperio ni siquiera un estado homogéneo; en este aspecto coincide muchísimo con la cultura clásica de Grecia: ciudades-estado independientes unidas por enlaces de tipo político, religioso o lingüístico-cultural. Los primeros pobladores de origen maya (1.500 aC) se establecieron en las fértiles tierras altas y bien regadas de Guatemala, procedían de la parte norte del golfo de México: es la época preclásica, siendo su cultura la equivalente a la del neolítico europeo que evolucionó hacia una auténtica civilización con pequeños poblados urbanos; construían pirámides escalonadas para templos, trabajaban la cerámica, tenían escritura jeroglífica, calendario y sistemas de numeración (desde el s. III aC al s. III dC).

La época clásica oscila entre los siglos IV y X y su centro principal fue Petén. Fue un período esplendoroso en el que se construyeron grandes ciudades (Tikal, Palenque, Piedras Negras, Yaxchilán, Quiriguá, Copán y Río Azul); magníficos palacios y templos piramidales, campos de juegos de pelota, estelas de piedra con relieves y figuras decorativas y conmemorativas (como las estelas de Quiriguá, por ejemplo), perfeccionamiento de la cerámica y calendario, etc. Hacia el s. IX todo este esplendor decae sin que se sepa un motivo cierto (¿terremoto?, ¿pestes?, ¿revolución popular?, ¿guerras de religión como en el antiguo Egipto?…).

La época posclásica se inicia en el s. X en el Yucatán donde habían sido fundadas ya algunas ciudades durante la época clásica; nuevos emigrantes tolteques («nómadas») procedentes del norte (Tula) se establecieron en la antigua ciudad maya de Chichén («pozo de agua»); éstos formaban otra etnia maya llamada «itzá», de aquí el nombre de Chichén-Itzá. Era un pueblo de costumbres muy similares a las de los griegos de Esparta: guerreros entrenados en campamentos militares y disciplinados para la crueldad; tenían «cenotes» (lagos) de sacrificios, en donde eran lanzados jóvenes y niños de hasta diez años para indagar la providencia de las divinidades (eran politeístas): es famoso el cenote Chen-Kú consistente en un estanque profundo en un claro inesperado del bosque de 30 metros de diámetro, con paredes casi verticales, aguas cubiertas de algas microscópicas que le dan un color verde; rocas con agujeros por la erosión anidan iguanas y otros reptiles que se encaraman hasta los propios bordes. Al cenote de los sacrificios acudían, como en una romería, gentes de todas las ciudades mayas y existen pruebas de que se continuaron practicando estos ritos aún después de la conquista española, cuando los itzá habían abandonado definitivamente Chichén. (Todo esto me recuerda la ofrenda de doncellas que los cretenses ofrecían al Minotauro y que de forma tan magistral se puede leer en la novela histórica de Mika Waltari «Sinuhé el Egipcio»).

Los mayas Itzá tenían una cultura inferior, pero hicieron revivir con savia nueva la cultura decadente de la sociedad anterior. Los Itzá establecieron alianzas con las ciudades vecinas de Uxmal y Mayapán. Los mayas de Mayapán dominaron las 12 principales ciudades del Yucatán y formaron un imperio de 150 años (Macedonia con Filipo y su hijo Alejandro Magno hizo lo mismo con las «polis» griegas, pero duró poco tiempo, hasta la muerte de Alejandro que sucedió a los 36 años de edad). Las luchas internas, el afán de poder y quizás los enfrentamientos religiosos desunieron otra vez las ciudades: las tropas españolas las conquistaron fácilmente en 1.525 ocupando también Guatemala, pues no pudieron contrarrestar las armas militares de los invasores.

Cada ciudad estado estaba dirigida por un personaje llamado «halach-huinic» (sacerdote- rey); tenía bajo sus órdenes a los «batabood» (sacerdotes de menor categoría) que gobernaban pequeños núcleos urbanos. Todas las restantes clases sociales, formadas por la población libre campesina y artesanal (constructores de obras públicas y privadas, por ejemplo) y los esclavos que hacían de peones al servicio de los anteriores, estaban dominados por los sacerdotes que, como en la edad media europea, eran los únicos que tenían acceso a la cultura científica, técnica y religiosa. Ante cualquier adversidad social, los esclavos podían ser reos de sacrificio para aplacar a los dioses clásicos que correspondían a elementos de las fuerzas naturales: el dios Itzamná, el Cielo, era el padre del Sol (Kinich-Ahau) y de la Luna (Ixchel), etc. A cada divinidad le correspondía un templo propio dirigido por el gran sacerdote, quien oficiaba el rito y los sacrificios correspondientes al dios. A los dioses clásicos se le fueron añadiendo otros toltecas como por ejemplo Kukulkán.

La cultura maya adquirió un nivel muy desarrollado en materia intelectual y especulativa: un sistema de escritura ideográfica con elementos silábicos y un calendario, basado en la observación de los astros, con una precisión fuera de lo normal. Sin embargo desconocían la rueda, los metales -excepto el oro-, los abonos de cultivo y animales para carga. La lengua maya septentrional era la culta o literaria, mientras que la meridional era la común o dialectal; se conservan manuscritos desde el s. X , pero hay una placa que se remonta al s. IV. Se estima que actualmente hablan la lengua maya unas 30.000 personas en los estados de Yucatán y Campeche.

Su arte en arquitectura es maravilloso. Cuando se admira Uxmal y Chichén nos vienen a la memoria Olimpia y Delfos, pues Olimpia se extinguió con Zeuspiter y sólo es un santuario para los griegos de la antigüedad, mientras que Delfos continúa aunque Apolo se haya marchado del lugar. Uxmal puede reconstruirse por completo aunque sus artífices sean analfabetos o no, pues conocen las piedras, una por una, esparcidas por el suelo. En Uxmal no pasa como en tantas ciudades del antiguo Imperio Romano, cuyos bloques de piedra sirvieron para otros edificios; en Uxmal, por fortuna, no llegaron los frailes constructores de iglesias y conventos porque carecía de agua, y así no pudo abastecer, como si fuera una cantera, sus preciados bloques de piedra para otras edificaciones sagradas.

El panorama de Chichén es diferente porque conserva todavía tres cenotes de agua en su interior y tiene la desventaja de ser una metrópolis llana; Uxmal es accidentada dentro de lo que se puede ser en Yucután. Si la infiltración de la cultura mexicana o tolteca se observa en Chichén-Itzá, en Uxmal se conserva genuinamente maya.

En todas las poblaciones mayas existen edificios conocidos como «Las Monjas de + el nombre de la ciudad»; dicho así, «Las Monjas de Uxmal» o «Las monjas de Chichén», etc. El concepto «monjas» no debe entenderse como nominación cristiana, sino que tiene un equivalente al término de vestal romana (mujer virgen consagrada a las funciones del templo: en Roma la vestal tenía el cuidado de conservar el fuego sagrado al que recurrían todos los lares romanos).

En la vasta área de Chichén-Itzá podemos distinguir entre sus ruinas dos grupos de monumentos: los del primer período de ocupación maya y los esencialmente toltecos; los primeros pertenecen a los que están junto al cenote de aprovisionamiento de agua, mientras que los segundos son los que están en el cenote sagrado (de los sacrificios). En el grupo más antiguo encontramos El Caracol o monumento dedicado al dios del Aire por ser la divinidad predilecta de los Itzá: Quetzalcoatl-Kukulcán; a este grupo pertenece también el «Templo de los Relieves» que destaca sobre todo lo otro construido en estilo y técnica. A todo este conjunto monumental se le llama Grupo de las Monjas. El Palacio de las Monjas, situado en el fondo de una plaza, tiene a un lado El Caracol y el Templo de los Relieves, y en el otro «La Casa Colorada o «Chichan-Chob»; consta de tres pisos y todo el edificio no forma un conjunto homogéneo, pues parece construido en etapas diferentes: empezó como un edificio primitivo de un piso y fachada de 35 metros; más tarde se amplió con un segundo piso y una monumental escalera, haciendo el ya construido de base; la fachada está decorada con tableros en disposición geométrica; el tercer piso es de construcción simplísima. Junto al Palacio de las monjas hay como un pequeño edificio anexo que se le ha llamado La Iglesia: es de planta casi cuadrada con apertura única que es la puerta. Los indios dicen, como única superstición, que cada Viernes Santo se oye música en La Iglesia; en la decoración de la cornisa destacan unos grandes mascarones casi grotescos con ojos grandes, nariz larga y aguileña, boca con dentadura enorme, orejas con pendientes; sin embargo cada uno representa maneras de ser diferentes: tolerantes, violentos, maliciosos, bondadosos,… Los Itzá apaciguan los «chacs» o espíritus de los bosques con inciensos y frutos, con oraciones y salmodias, con silbidos y melodías para que soplen y les sean propicios en sus cultivos. Estas edificaciones son imponentes, pero carecen de la capacidad de alojamientos y de la unidad estructural de los que forman los monumentos mayas de Sayil. Sin embargo el templo de Quetzalcoatl «El Caracol», de planta circular, es de belleza impresionante.

A tres kilómetros del Conjunto de las Monjas, perteneciente a su grupo, encontramos «El Templo de los Tres Dinteles»; es tal su belleza que se podría comparar con un templo «in antis» griego o con otro de estilo románico; su nombre viene dado porque en sus tres puertas hay dinteles decorados. Se encontró destruido, aunque todas sus piedras estaban allí ; se conservaba en pie un fragmento de un ángulo, lo suficiente para seguir la pauta de reconstrucción. Consiste en un edificio de tres naves cubiertas con bóvedas.

El edificio de AkabDzib (Akab oscuridad; Dzib escritura) es curioso porque en uno de sus dinteles nos hallamos a un personaje, rodeado de jeroglíficos y que está sentado al lado de un brasero; parece que nos esté diciendo algo importante, pero no sabemos qué porque no se ha logrado descifrar el lenguaje.

Otra edificación de tipo completamente tolteca lo encontramos en «El Templo de los Tableros con Relieves»: tiene salas para reuniones militares que se cubren con bóvedas y en su interior hay una escalera para subir a la terraza donde se encuentra un templo pequeño; las pilastras del templete tienen forma de serpientes plumadas invertidas; además hallamos dos tableros esculpidos en relieve con escenas parecidas a una ceremonia de iniciación. Estos relieves parecen indicarnos historias mitológicas de los mayas Itziá: una choza cubierta con paja con dos personajes dentro, cobijados uno por un jaguar y por una serpiente el otro, que están recibiendo un tercero que les saluda al estilo maya tocándose el hombro izquierdo. Los personajes llevan una pierna enfundada para simbolizar que pertenecen a la Orden de Tezcatlipoca (Osa Mayor) que en el trópico está mutilada porque una estrella desaparece en el horizonte, como pasa en los frescos aztecas que a Tizatlán también se le representa mutilado o cojo, etc.

El Castillo de Chichén, llamado así por ser una mole enorme, es de estilo de los toltecas que crearon en el Valle Central de México un estado civil; pero como su espíritu era aventurero y colonizador fueron a parar a países lejanos. Hoy se les compara con los vikingos escandinavos que impusieron en Normandía y en Sicilia una cultura superior a la de su tierra de origen. Por los hallazgos que se encontraron en Tula se puede afirmar que la etnia Itzá era tolteca. Este castillo se halla en el llano de Yucatán; es una pirámide de base cuadrada y escalonada en nueve cuerpos, llegando a una altura de 24 metros. En la plataforma superior hay un templo serpentino, es decir, pilastras en forma de serpiente con la cabeza en la base y la cola en lo alto para que se apoye la viga o la bóveda. En El Castillo además se encuentra la Cámara del Jaguar: representa el descubrimiento más sensacional de la arqueología americana; dentro de El Castillo se encontró otro edificio anterior que estaba enterrado e intacto, a través de un túnel se accede a la cámara donde están los ídolos de los Itzá tal como ellos los dejaron y entre ellos una escultura monolítica de jaguar, pintada de rojo con ojos y manchas de la piel hechas con piezas de jade. Al lado del jaguar se encuentra el «Chac Mool» (tigre o jaguar rojo), es un personaje tendido con la cabeza ladeada para mirar hacia un lado y descansa sus manos sobre el abdomen y con las prendas indumentarias según la moda de Tula.

Podríamos enumerar muchísimos de los monumentos que se hallan en Chichén-Itzá, como el Templo de los Guerreros, el Templo de las Águilas o el de Tzompantli; pero preferimos terminar este breve relato deseando despertar simplemente un poco de curiosidad por una cultura humana de origen americano, pero no tan diferente a otras que se desarrollaron en los viejos continentes.

Yo me rebelo, nosotros existimos, mejor exposición de arte contemporáneo del año 2013 en Musguide

La exposición Yo me rebelo, nosotros existimos recibe el premio a la mejor exposición del año 2013 concedido por la asociación catalana de críticos de Arte (ACCA)

A lo largo de la semana la tendremos accesible en Musguide para todos vosotros.

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La asociación catalana de críticos de Arte (ACCA) ha concedido el premio a la mejor exposición de arte contemporáneo del 2013 a Yo me rebelo, nosotros existimos. La exposición, pensada y coordinada por el escritor Martí Sales y por el director de la Fundación Palau Pere Almeda se inauguró a la Fundación Palau el pasado 12 de octubre y se podrá ver hasta el 30 de marzo.
Los premios ACCA son los premios decano de la cultura catalana en el ámbito de las artes y de las exposiciones y este año celebran su trigésima edición. La muestra Yo me rebelo, nosotros existimos, ha sido premiada conjuntamente con la exposición Alberto García-Alix. Autorretrato, comisariada por Nicolás Combarro y presentada en la Virreina.
El proyecto Yo me rebelo, nosotros existimos surge de la voluntad de la Fundació Palau de no permanecer al margen del momento actual de conflicto, lucha y transformación social que estamos viviendo. Fruto de este compromiso e implicación con el presente, el proyecto reúne propuestas de artistas, pensadores y activistas, así como de colectivos y organizaciones que a través de su obra o acción promueven nuevas maneras de transformación social y política.
La exposición se inicia con una instalación audiovisual donde doce personas interpelen al visitante a través de su compromiso y el trabajo que realizan los movimientos sociales en la definición de las alternativas al momento presente. Forman parte de esta instalación Pau Llonch de a PAH, la periodista Marta Sibina de Café con leche, el biólogo Iago Otero, Marc Vives de Somos Energía, Dídac Costa de la Cooperativa Integral Catalana, el activista Esther Vivas, el periodista Guillem Martínez, el escritor y economista Antonio Baños, el arquitecto Santiago Cirugeda, la arquitecta Itziar González, Xavi Teis de la banca ética Coop57 y Roger Palà de Mèdia.cat.
En el siguiente espacio y a través de las obras realizadas por diferentes artistas se muestran nuevas lecturas y respuestas ante los conflictos y las heridas abiertas de nuestra sociedad. Los artistas que presentan obra son: Mireia Sallarès, Núria Güell, Jordi Trullàs, Ruido Photo, Espacio Eulàlia Grau, Xavier Artigas e Itziar Gonzàlez Virós con el Instituto Cartográfico de la Revuelta.

En una sala anexa, Yo me rebelo, nosotros existimos propone una mirada histórica en el proceso colectivista en Cataluña que se produjo en Cataluña del 1936 al 1939, reatando el hilo rojo del pasado con el momento presente.
En el espacio de acceso a la exposición el colectivo Limen cuestiona las relaciones entre contenedores de arte y la cultura, desdibujando los contornos en los cuales se ubica y cuestionando el centro de arte como institución total. También al acceso a la exposición Espacio en blanco hace participar al visitante con su publicación ‘Presentimientos’, una serie de hojas de agitación, de una sola cara, que contienen ideas y pensamientos colectivos.
A lo largo de la muestra la Fundación Palau ha programado una serie de actividades paralelas, conferencias, jornadas de reflexión, acciones reivindicativas, una representación teatral y la producción y presentación de un documental. Por último, en vez de hacer un catálogo de arte al uso, se ha publicado un diario gratuito de gran audiencia y distribución con artículos de los participantes y otros pensadores. Una suma de acciones y actividades que ayudan a hacer visible el trabajo y la crítica que miles de ciudadanos hacen día detrás día en su compromiso por una sociedad más digna y justa.
Podéis consultar el diario en: http://issuu.com/fundaciopalau/docs/diariversioissu/1

Más información:
www.fundaciopalau.cat
Pere Almeda
almedasp@fundaciopalau.cat
Maria Choya
choyamm@fundaciopalau.cat
tel. 93 791 35 93

Premios ACCA 2013:
http://acca.cat/

Valladolid, una ciudad que rezuma arte por doquier

Valladolid

Todas las ciudades tienen sus encantos: unas, porque tienen más historia, se enorgullecen de su pasado y están dispuestas a darlo a conocer a todos los que llegan; otras, más jóvenes y con menos calles retorcidas y estrechas que enseñar, se regocijan, empero, de su pujanza actual expresada en niveles varios -de economía, de urbanismo, de estatus social y cultural, y de un largo etcétera-.

Valladolid

 Valladolid es una ciudad con historia; aunque se desconocen sus orígenes tiene vida más que suficiente como para poder mostrar con todo esplendor desde su paso por la Edad Media hasta nuestros días. Es, sin lugar a dudas, un encanto de ciudad; los azares del tiempo la llenaron de fueros y privilegios para convertirla en la capital política de Castilla y en un importante centro cultural y económico. También tuvo que sufrir sus titubeos de decadencia iniciados en el incendio de 1561 y cuando el vallisoletano Felipe II trasladó la capitalidad a Madrid; pero la ciudad pudo con todos los entuertos y avatares históricos sacando provecho de su pasado y hoy se nos muestra como una ciudad bien comunicada, con un desarrollo industrial pujante, como centro universitario desde 1346 y con todos los privilegios civiles y religiosos como avales de una población moderna. La Naturaleza no quiso ser menos y la premió con caudales de agua a su alrededor, ya que las nubes llegan secas.

Esta Capital castellana es un centro de arte. Tiene importantes monumentos medievales como las iglesias de Santa María la Antigua de construcción románica y elementos góticos, y la de San Martín de construcción similar, pero reformada en el s. XVII. El templo de San Miguel es de tipo gótico tardío, pero como su edificio era ruinoso el rey Carlos III mediante una real cédula unificó su parroquia con la de San Julián en la iglesia de San Ignacio de Loyola ( s. XVI), después de haber expulsado a los jesuitas; por este motivo el templo pasó a llamarse Real Iglesia Parroquial de San Miguel y San Julián. El convento de San Pablo atribuido a Simón de Colonia y el Colegio de San Gregorio obra de Gil de Siloé tienen unas fachadas impresionantes pertenecientes al gótico-mudéjar, el estilo de los Reyes Católicos, con un trabajo excepcional propio de la orfebrería plateresca del s. XV. Ambos fascinan de noche por su bien lograda iluminación, pero de día realzan su monumentalidad.

Pertenecen al estilo renacentista la iglesia de la Magdalena de Gil Hontañón, el monasterio de Las Huelgas con fachada mudéjar y esculturas de Gregorio Fernández en su interior. La Catedral, que está inacabada, es una obra característica de Juan de Herrera cuya construcción fue encargada por Felipe II; destaca el gran retablo del Altar Mayor construido por Juan de Juni. Son de estilo herreriano la iglesia de la Santa Cruz en cuyo interior podemos contemplar el Descendimiento de Gregorio Fernández, y la iglesia de Las Angustias que tiene La Virgen de los Cuchillos, hecha por Juan de Juni.

Aunque siempre se ha dicho que en Valladolid el arte está al servicio de la evangelización, sin embargo también podemos afirmar  que la arquitectura civil destacó muchísimo tanto en el arte Plateresco como en la interpretación estilística del Renacimiento italiano sobre todo en la vivienda urbana; las mansiones aristocráticas se adornan con estructuras del Renacimiento. Parece que el arte vallisoletano, debido a su gran poder de asimilación, logra que muchos estilos artísticos encuentren allí su culminación: el gótico, el herreriano, el renacentista de Berruguete pueden servir de ejemplo. En arquitectura civil se debe destacar el renacentista Colegio Mayor de Santa Cruz construido por Lorenzo Vázquez sobre un trazado gótico; la Casa de Cervantes del s. XVII transformada en Museo Arqueológico; la fachada barroca de la Universidad; el enorme palacio de los Condes de Benavente empleado como residencia de reyes -un incendio en el s. XVIII lo dejó maltrecho- todavía conserva el alfiz medieval en la puerta principal,  con un patio renacentista cuyos capiteles con hojas de acanto especiales son clásicos. La llamada Casa del Sol de portada sobria y hueco entre columnas. El Palacio Real, concluido por el Duque de Lerma sobre una mansión del secretario del emperador Carlos, tiene unos ornamentos de  una delicadez renacentista impresionante y al mismo tiempo con una visión plateresca que fusiona los dos estilos.

Hacia la segunda mitad del s. XVI nace un nuevo clasicismo más austero tanto en la arquitectura religiosa como en la civil; un ejemplo característico de la construcción civil lo encontramos en el palacio del marqués de Villena con la austeridad propia de Bramante:  portada sencilla con arco de medio punto, patio con dos arquerías jónicas y medallones en las enjutas. En el palacio de Butrón hallamos una tendencia florentina tirando hacia el manierismo: ornamentación escultórica de yesos preciosos al estilo italiano.

En la arquitectura religiosa podemos tomar como ejemplo la iglesia del Salvador en la que la fachada está concebida como si de un retablo se tratara: huecos entre columnas, hornacinas y esculturas muy bien trabajadas.

No sólo en Valladolid capital encontramos tanta magnificencia artística. Si queremos disfrutar del arte de la edad de oro español debemos visitar toda la provincia, donde hallaremos la autenticidad de la arquitectura castellana.

El Museo de Valladolid: desde 1933 está instalado en el Colegio de San Gregorio (s. XV), su estilo es plateresco -decoración exuberante sobre construcción gótica-. Su fachada decorada con figuras y escudos de armas parece un retablo; su patio semeja el de dos cuerpos sobrepuestos, el de la planta baja hecho a base de columnas porticadas, mientras que la galería alta la forman ventanas muy decoradas. Si el edificio en sí es una joya, no lo es menos el género a que se dedica: escultura castiza de madera tallada y policromada de los siglos XVI y XVII con temario religioso en exclusiva de los tres grandes maestros de la escuela castellana: Berruguete, Juan de Juni y Gregorio Fernández. Es necesario verlo para descubrir los encantos de cada escultor y lo grandes que fueron ellos mismos como artistas.