Archivos mensuales: julio 2014

Jackson Pollock

La mayoría de los artistas siguen el estilo propio de la época en la que se encuentran. Pero esto no siempre sucede así; es más, muchos prefieren seguir el de la época anterior y hasta lo que tienen una personalidad muy fuerte, crean su estilo propio. Este es el caso de Paul Jackson Pollock, mejor conocido como Jackson Pollock (Wyoming, EEUU 28/1/1912 – Nueva York, EEUU 11/8/1956).

Fue un importante e influyente pintor americano y una destacada figura en el movimiento del Expresionismo abstracto. Empezó su carrera artística pintando obras de pequeño formato encerrado en un taller, como mucho otros artistas de la época, hasta que se dio cuenta de que en esas pequeñas obras no podía expresar todo lo que quería, y así empezó a realizar obras de gran formato, haciendo servir todo su cuerpo como instrumento de pintura aunque también la paleta y el pincel. De este modo, toda la energía y fuerza de su cuerpo quedaba expresada en sus lienzos.

Su estilo pronto fue reconocido por el hecho de ir salpicando la pintura. Así se introdujo en el uso de pintura líquida, utilizando como técnica la de verterla como una técnica sobre sus lienzos de principios de 1940. Comenzó a usar además como instrumentos pinceles endurecidos, varas y jeringas; quizá por primera vez, hizo empleo de pinturas de resina sintética, llamada barniz alkyd, que era novedosa en esa época.

En sus obras no había un centro de fuga, como punto principal de referencia en el que fijarse; sino que eran rayas y manchas, unas encima de las otras, mezclas de colores y salpicaduras sin ningún objetivo en concreto. Pollock iba pintando hasta conseguir un buen resultado.
La técnica de Pollock de verter y salpicar pintura es reconocida como uno de los orígenes del action painting (pintura de acción) ya que involucraba todo el cuerpo, de este modo el artista se podía expresar al máximo.

Pollock firmó un contrato con Peggy Guggenheim en julio de 1943. Recibió una comisión para crear Mural (1943), de 8 pies de altura y 20 pies de longitud, para implantarlo en la entrada de la nueva casa de Guggenheim. A sugerencia de su amigo y consejero Marcel Duchamp, Pollock pintó esta obra en un lienzo en lugar de la pared para que fuera portátil.

Este gran artista creyó conveniente el hecho de dejar unas obras sin título y otras de dejarlas simplemente enumeradas, como por ejemplo –una de las más importantes- la “Número 1”. De esta forma, el autor conseguía evadir la búsqueda de elementos figurativos por parte del espectador. Pollock prefería que cada uno dejara volar la imaginación hasta encontrarle su propia explicación, en vez de tener todos una misma sensación de la obra y buscarle ése mismo sentido. El autor creía que los números eran neutrales, y por eso permitían a las personas ver la pintura por lo que es – pintura pura.

Pollock destacó en el mundo del arte; gracias a su propio estilo, a su gran imaginación y al valor del colorido. El verano se presenta propicio para buscar algunas de sus obras y dejar volar nuestra imaginación.

Antoni Tàpies, máximo representante catalán del informalismo.

Muchos de nosotros hemos visto obras de este autor y nos hemos preguntado; ¿Qué representa?, ¿Cuál es su significado real?…Y es que a veces es difícil saber qué es lo que nos está intentando transmitir, ya que según el estilo de la obra o según él mismo, el significado puede llegar a ser más o menos complejo. Esto pasa a menudo con Antoni Tàpies (Barcelona 13 de diciembre del 1923–6 de febrero de 2012).

Tàpies está considerado como uno de los principales exponentes a nivel mundial del informalismo que, con su formación autodidacta, creó un estilo propio dentro del vanguardismo del siglo XX, en el que se combinaban en un estilo abstracto la tradición y la innovación, lleno de simbolismo, dando gran relevancia al sustrato material de la obra. Tàpies se situó dentro de la denominada “pintura matérica” , también conocida como “art brut”, que se caracteriza por una gran variedad de materiales heterogéneos en sus pinturas, en sus esculturas,… con las que creó una técnica mixta, muchas veces con materiales de reciclaje como si de Jujol se tratara: papel, tela, cuerdas, trapos y hasta trozos de mobiliario como en el monumento a Picasso…mezclados con materiales tradicionales del arte para buscar un nuevo lenguaje de expresión artística, y tal vez por eso se dice que Tàpies se basaba en el predominio del collage.

También podríamos añadir que era partidario del uso de colores puros y figuras geométricas en sus obras para estar de acuerdo con su filosofía principal: hacer de lo insignificante lo más importante.

Podemos considerar que sus obras más características son las que aplica su mixtura de diversos materiales en muros o paredes, a las que añade distintos signos con sus significados diferentes, similares en cierto aspecto al arte popular conocido hoy en día como el «graffiti».

Las obras de Tàpies contienen signos de una diversidad insaciable, como cruces, lunas, asteriscos, letras, números, figuras geométricas, etc. Para este autor dichos elementos tienen un significado alegórico relacionado con el mundo interior del artista; y así puede evocar temas tan trascendentales como la vida y la muerte o como la soledad, la incomunicación o la sexualidad. Da a cada figura un significado concreto: las letras A y T tanto pueden ser las iniciales de su nombre y apellido (Antoni Tàpies) como la letra principal de Antoni y Teresa (su mujer); la X como misterio (incógnita) o símbolo de las coordenadas del espacio o la lucha de dos fuerzas opuestas y como es habitual para todo el mundo el signo de tachar algo; la M la explica de la siguiente manera:

“Todos tenemos una M dibujada en las líneas de la palma de la mano, lo cual remite a la muerte, y en el pie hay unas arrugas en forma de S; todo combinado era Muerte Segura”. 

Por otro lado, sabemos que Tàpies se basaba en cromatismo muy austero, debido a que generalmente se movía en gamas de colores puros, fríos, terrosos, como el ocre, marrón, gris, beige o negro.

La temática de su obra refleja una gran preocupación por los problemas del ser humano: la enfermedad, la muerte, la soledad, el dolor o el sexo; puesto que se basó en su propia experiencia de la vida. Nos dio una nueva visión de la realidad, siendo ésta más sencilla y cotidiana, pero mostrando siempre su verdadera espiritualidad, difícil de definir. La concepción vital de Tàpies se basaba en la filosofía existencialista, que remarca la condición material y mortal del hombre, la angustia de la existencia, la soledad, la enfermedad, la pobreza, etc. El existencialismo señala el destino trágico del hombre, pero también reivindica su libertad, la importancia del individuo, su capacidad de acción frente a la vida; así, Tàpies pretendía con su arte hacernos reflexionar sobre nuestra propia existencia.

Más tarde, influenciado por el pop-art, empezó a utilizar objetos más sólidos en sus obras, como partes de muebles ya anteriormente mencionados. Sin embargo, la utilización de elementos cotidianos en la obra de este autor no tiene el mismo objetivo que en el pop-art, en Tàpies siempre está presente el sustrato espiritual, la significación de los elementos sencillos como evocadores de un mayor orden universal y no la banalización de la sociedad de consumo y los medios de comunicación de masas propios del pop-art.

Así pues, las obras de Tàpies a simple vista son difíciles de comprender, pero una vez conocemos su significado tienen mucha lógica. El problema es que cuesta entender su estilo y sus características, su idea de lo que quería transmitir y su verdadera filosofía de la vida. Para poder saber todo esto y más, MusGuide nos proporciona toda la información necesaria con la que después podemos ir a la Fundació Antoni Tàpies o al MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya) conociendo y entendiendo sus obras.

Antoni Tàpies es un gran artista.

Sorolla, la luz del sol y el mar

sorolla

Cuando se va a contemplar una exposición de una obra pictórica de algún autor considerado famoso o que a uno le llena el espíritu, puede suceder, alguna que otra vez, que las coletillas no siempre coinciden con el visor de nuestra vista en cuanto a colores se refiere. Y uno se pregunta si la apreciación cromática en las diferentes graduaciones que cada color tiene es similar, no idéntica, en todas las personas; a veces se puede cuestionar dicha apreciación del crítico en relación a la del autor. El porqué de este inicio viene dado como consecuencia de la fantástica y extraordinaria exposición que la CaixaForum le dedica a Joaquín Sorolla en su Centro Social y Cultural de Barcelona; exposición que podrá ser visitada hasta el 14 de septiembre.

Sorolla es un amante del mar, de su color cambiante como la luz solar en cada momento del día. El pintor valenciano tiene alma de marinero mediterráneo, el de su tierra; pero lejos de acomodarse en el costumbrismo histórico, como así fue en su época de formación interpretando modalidades académicas; pronto abandona la técnica de dibujante de interiores para lanzarse a la pintura naturalista que le ofrece el exterior, al aire libre, donde da forma a una técnica fluida y de pincelada larga, al estilo de Jules Bastien­Lepage y del alemán Adolf von Menzel; dichos pintores gozaban de paleta clara, factura suelta y pincelada larga, plasmando así con gran maestría los efectos lumínicos, que tanto impresionarán en Joaquín Sorolla.

En sus años de formación siente admiración profunda por Velázquez porque le consideraba próximo a su sensibilidad de vanguardista en cuanto le descubre en el Museo del Prado. También los pintores modernistas catalanes, coetáneos suyos, Ramón Casas y Santiago Rusiñol, interesados como Sorolla en representar los efectos de la luz al aire libre, se decían ser los auténticos herederos de las enseñanzas del gran pintor barroco.

Su suegro, Antonio García que era fotógrafo de profesión, conoce al joven pintor valenciano a través de su hijo Juan Antonio cuando ambos estudiaban en la Escuela de Bellas Artes; conocedor de su talento como pintor, no duda en protegerlo dándole trabajo en su estudio y enseñándole simultáneamente los sistemas del manejo de la luz, el encuadre de la imagen y todos los recursos expresivos que podemos admirar en los cuadros de playa.

Destacan de esta época de pintura histórica: «Otra Margarita», «Y aún dicen que el pescado es caro» y «Triste herencia» entre otras.

Llegó su proyección internacional cuando obtuvo el «Grand Prix» del Pabellón de España y Portugal en la Exposición Universal de París de 1900. A partir de dicha fecha, museos de Luxemburgo, Berlín, Londres, Nueva York,…se interesan por su obra; a pesar de recibir ciertas críticas controvertidas, llega a la cumbre de su fama y éxito después de exponer en Chicago y San Luis.

En cuadros como «Pescadores valencianos», «Comiendo en la barca», «Cosiendo la vela» o «Triste herencia» empieza a manifestar su amor por la pintura al aire libre, a pesar de pintar en ellos cuadros de costumbres; pero determinadas facetas están dominadas por el sol para recrearse en el luminismo que le hará célebre años más tarde. A veces una simple sombrilla marca el encuadre o sirve para filtrar la luz poderosa del sol, del que hay que guarecerse, como sucede en el cuadro «Mediodía en la playa de Valencia», pintado como un mosaico de pequeñas pinceladas y contraluces. Otras veces es la figura la que ocupa la mayor parte del lienzo para dar una visión más fotográfica, como aparece en «Jugando en el agua» o en «Niñas en el mar» o en «Saliendo del baño»,…

Su plenitud como pintor se halla especialmente en los cuadros realizados en las playas valencianas de Jávea y El Cabañal, donde chiquillos forman el enfoque principal y fotográfico bajo un sol abrasador. La luz solar es la única vestimenta que da vitalidad a sus cuerpos, mientras el azul cambiante del mar, según la profundidad de sus aguas o el momento del día, acoge su desnudez como parte integrante de la naturaleza. A veces Sorolla nos lleva hacia una muestra contemplativa del fondo marino bajo unas aguas nítidas y transparentes y los cuerpos de niños «Nadadores», cuyos movimientos y color se diluyen y quedan sutilmente velados en tonos más o menos violáceos y en contraste con las carnes enrojecidas entre manchas blancas de sus hombros expuestos al sol. «Me sería imposible pintar al aire libre despacio aunque quisiera», pues veía que el sol estaba en continuo movimiento cambiándole el color de las cosas y, por ello, sentía necesidad de «pintar deprisa». Los niños para Sorolla están siempre relacionados con el mar, ya para expresar un complejo luminoso de azules y blancos, ya para mostrar imágenes bien enfocadas o desenfocadas como contraluces.

Son fabulosos los cuadros pintados en las playas de Biarritz y de San Sebastián, en los que el viento y el mar parecen rivalizar en la gama de los blancos, como en el lienzo «Instantánea, Biarritz»: el viento racheado agita un mar espumoso y un velo que envuelve la imagen central. En estos lienzos es cuando se asocia la pintura al aire libre con los grandes formatos reservados para pintura de taller; la luz es la encargada de acotar la profundidad espacial para que los elementos del cuadro aparezcan en primer plano, tal como aprendió en el taller fotográfico de su suegro. Sorolla se aparta al mismo tiempo del impresionismo francés ya que la luz para él no es un elemento que conforma los objetos, sino como espectáculo de una naturaleza desbordante y llena de vida.

En la exposición de la CaixaForum «SOROLLA. EL COLOR DEL MAR», se pueden encontrar todos estos efectos tratados aquí sobre la luz y el color. La exposición presenta a Sorolla en las tres etapas de su producción. Desde nuestro punto de vista es una buena ocasión para acercarse a la obra del gran pintor valenciano: el análisis crítico, la temática de los cuadros y los apuntes dedicados a cada uno de ellos merecen una buena visita.

Un balcón sobre el Mediterráneo

Anfiteatro de Tarragona

Tarragona enamora

Su presente es fascinante; su pasado, embriagador; entre el uno y el otro, el intermedio o la lucha por subsistir. No todas las ciudades de la antigüedad supieron aguantar la curva vital grabada desde sus orígenes. Tarragona floreció en sus tiempos remotos con un legado histórico impresionante, cayó bajo el peso de los tiempos y ante nuevas civilizaciones, que la moldearon a su gusto y capricho; todas las ideologías políticas, religiosas y filosóficas tuvieron lugar en sus tierras; hombres famosos e importantes de cada época se cobijaron en ellas; templos politeístas y capitolinos dejaron sus piedras para levantar otros más humildes, pero santificados con las palmas del martirio: sant Fructuós y sus diáconos regaron con su sangre las arenas del anfiteatro romano entre otros cristianos; san Hermenegildo fue decapitado por orden de su padre al no aceptar la eucaristía de obispos arrianos; su hermano, el rey Recaredo, supo recoger su martirio testimonial decretando los famosos Concilios de Toledo, logrando así la unificación total en el reino visigodo, y en contra de la obcecación de su padre Leovigildo. No debe extrañar, pues, la religiosidad tarraconense en todas las etapas de su vida, llegando a ser sede metropolitana de una gran parte de Hispania. Se da casi como seguro que el apóstol Paulo de Tarso pisó sus tierras para predicar el cristianismo, pues en una ciudad romana tan importante como Tarraco tenía que estar en el primer plano de la actualidad imperial; fue nada menos que capital del Imperio en el mandato de Augusto.

Nos cuenta la Historia que Octavio Augusto, digno heredero y sucesor de Julio César, desembarcó en Tarraco el año 27 anterior al nacimiento de Cristo para dirigir desde allí las operaciones militares para la conquista total de Hispania. Tarraco fue para Roma una ciudad muy importante y querida. Importante, porque representó el lugar estratégico ideal para las pretensiones romanas en Hispania: aquí se dirimieron las diferencias con Cartago para adueñarse del comercio mediterráneo; aquí Julio César se impuso a la República y al Senado destruyendo su legalidad defendida por Pompeyo; aquí Augusto impondría «La Pax Romana» a astures y cántabros conquistando y pacificando toda rebelión. La Ciudad fue querida hasta el punto haberla convertido en la Capital del Imperio, dignificándola con todo tipo de ornamentación y edificios públicos. Todos los monumentos, sin excepción, nos hablan de ello: las Murallas megalíticas de los Escipiones, los Fórum provincial y local, el Circo, el Anfiteatro, el Teatro, el primer Templo dedicado a Augusto, las villas, el Acueducto, la Torre de los Escipiones, el Arco de Triunfo,… Tarraco fue grande y bonita: el espejo donde Roma se miraba. Cuando ésta sucumbió, Tarraco también.

Visigodos y judíos tomaron el relevo; nuevas manifestaciones culturales e ideológicas tuvieron que adaptarse a una civilización de mucho tiempo admirada, pero ya en decadencia. La Ciudad cambió y también tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos, y… quienes no, la abandonaron… y disminuyó la población; mantuvo el prestigio de ser capital religiosa, política y militar bajo los inicios de la invasión visigoda; pero la Tarraco de los escipiones y emperadores iniciaba el camino a una transformación total, de cuya metamorfosis nacería la Tarragona de los obispos, de los condes y de los abades. El éxodo no fue excesivo si se compara con el habido en el siglo octavo. Mahoma envió a sus creyentes, como anteriormente Cristo a sus apótoles, a extender su mensaje por toda la tierra conocida; unos y otros cumplieron el mandato, no hubo trecho intermedio donde albergarse ambos, aunque a su manera se soportaron porque estaban destinados a convivir juntos con alguna que otra algara. El Templo de Augusto seguramente fue cambiando, según la época, de inquilino; pero todos rezaron en él en latín, en árabe o en cristiano. No creo que el Dios Universal se haya enfadado demasiado ni que fuera el culpable de tantas pestes negras, amarillas o de cualquier otro color. La diáspora por la invasión del Islam acentuó durante casi cuatrocientos años el proceso de despoblación que fue cayendo en picado. Repoblar otra vez Tarragona resultó harto difícil a pesar del empeño que pusieron para este menester los condes de Barcelona y los obispos catalanes.

La reconquista se inició con el conde Borrell II y se autoproclamó príncipe  de la Ciudad en el año 960. El obispo de Vic, Berenguer Sunifred, intentó su repoblación, pero fracasó. En 1118 se liberó del dominio musulmán y san Oleguer, obispo de Barcelona, fue nombrado también arzobispo de Tarragona, donde nunca residió. Bajo el reinado del conde Berenguer IV casado con la reina doña Petronila de Aragón, Tarragona volvió a nacer como sede episcopal de la iglesia catalana, aunque tan sólo alcanzaba casi los 4000 habitantes. Repoblar quería decir también reconstruir; los materiales que embellecieron la Tarraco romana fueron base esencial de la nueva edificación. Los arzobispos, Hug de Cervelló y Rocaberti, dejaron una fortuna inmensa para construir la Catedral; se inició y quedó casi acabada en el siglo XIII, que coincidió también con un poder marítimo importante, base de la recuperación económica. Tarragona mira hacia el Mediterráneo y el Mar le devuelve la vida, pues todo vuelve a funcionar.

La Catedral está en el lugar que ocupó el Templo de Augusto y se emplearon sus piedras para ser construida primero como templo románico, propio de un cenobio de la orden del císter, y sobre él un apunte del nuevo estilo gótico. La conjunción es magnífica y vale la pena verla para gozar de este contraste, pues se eleva majestuosa en lo alto de la Ciudad, como punto eterno de referencia. Son muchas las edificaciones medievales esparcidas por sus calles haciendo honor a los monumentos romanos, visigodos y judíos.

Hoy Tarragona es una ciudad moderna, acogedora y atractiva. Desde Rambla Nova se accede al Balcón del Mediterráneo para ver sus playas, su Serrallo, su puerto y su mar, que fue y seguirá siendo su propia vida.

(Para mayor información pueden acceder a «Musguide» y adquirir la «Ruta de Tarragona» con texto y fotografías de los monumentos más interesantes de todas las etapas históricas).