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Un balcón sobre el Mediterráneo

Anfiteatro de Tarragona

Tarragona enamora

Su presente es fascinante; su pasado, embriagador; entre el uno y el otro, el intermedio o la lucha por subsistir. No todas las ciudades de la antigüedad supieron aguantar la curva vital grabada desde sus orígenes. Tarragona floreció en sus tiempos remotos con un legado histórico impresionante, cayó bajo el peso de los tiempos y ante nuevas civilizaciones, que la moldearon a su gusto y capricho; todas las ideologías políticas, religiosas y filosóficas tuvieron lugar en sus tierras; hombres famosos e importantes de cada época se cobijaron en ellas; templos politeístas y capitolinos dejaron sus piedras para levantar otros más humildes, pero santificados con las palmas del martirio: sant Fructuós y sus diáconos regaron con su sangre las arenas del anfiteatro romano entre otros cristianos; san Hermenegildo fue decapitado por orden de su padre al no aceptar la eucaristía de obispos arrianos; su hermano, el rey Recaredo, supo recoger su martirio testimonial decretando los famosos Concilios de Toledo, logrando así la unificación total en el reino visigodo, y en contra de la obcecación de su padre Leovigildo. No debe extrañar, pues, la religiosidad tarraconense en todas las etapas de su vida, llegando a ser sede metropolitana de una gran parte de Hispania. Se da casi como seguro que el apóstol Paulo de Tarso pisó sus tierras para predicar el cristianismo, pues en una ciudad romana tan importante como Tarraco tenía que estar en el primer plano de la actualidad imperial; fue nada menos que capital del Imperio en el mandato de Augusto.

Nos cuenta la Historia que Octavio Augusto, digno heredero y sucesor de Julio César, desembarcó en Tarraco el año 27 anterior al nacimiento de Cristo para dirigir desde allí las operaciones militares para la conquista total de Hispania. Tarraco fue para Roma una ciudad muy importante y querida. Importante, porque representó el lugar estratégico ideal para las pretensiones romanas en Hispania: aquí se dirimieron las diferencias con Cartago para adueñarse del comercio mediterráneo; aquí Julio César se impuso a la República y al Senado destruyendo su legalidad defendida por Pompeyo; aquí Augusto impondría «La Pax Romana» a astures y cántabros conquistando y pacificando toda rebelión. La Ciudad fue querida hasta el punto haberla convertido en la Capital del Imperio, dignificándola con todo tipo de ornamentación y edificios públicos. Todos los monumentos, sin excepción, nos hablan de ello: las Murallas megalíticas de los Escipiones, los Fórum provincial y local, el Circo, el Anfiteatro, el Teatro, el primer Templo dedicado a Augusto, las villas, el Acueducto, la Torre de los Escipiones, el Arco de Triunfo,… Tarraco fue grande y bonita: el espejo donde Roma se miraba. Cuando ésta sucumbió, Tarraco también.

Visigodos y judíos tomaron el relevo; nuevas manifestaciones culturales e ideológicas tuvieron que adaptarse a una civilización de mucho tiempo admirada, pero ya en decadencia. La Ciudad cambió y también tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos, y… quienes no, la abandonaron… y disminuyó la población; mantuvo el prestigio de ser capital religiosa, política y militar bajo los inicios de la invasión visigoda; pero la Tarraco de los escipiones y emperadores iniciaba el camino a una transformación total, de cuya metamorfosis nacería la Tarragona de los obispos, de los condes y de los abades. El éxodo no fue excesivo si se compara con el habido en el siglo octavo. Mahoma envió a sus creyentes, como anteriormente Cristo a sus apótoles, a extender su mensaje por toda la tierra conocida; unos y otros cumplieron el mandato, no hubo trecho intermedio donde albergarse ambos, aunque a su manera se soportaron porque estaban destinados a convivir juntos con alguna que otra algara. El Templo de Augusto seguramente fue cambiando, según la época, de inquilino; pero todos rezaron en él en latín, en árabe o en cristiano. No creo que el Dios Universal se haya enfadado demasiado ni que fuera el culpable de tantas pestes negras, amarillas o de cualquier otro color. La diáspora por la invasión del Islam acentuó durante casi cuatrocientos años el proceso de despoblación que fue cayendo en picado. Repoblar otra vez Tarragona resultó harto difícil a pesar del empeño que pusieron para este menester los condes de Barcelona y los obispos catalanes.

La reconquista se inició con el conde Borrell II y se autoproclamó príncipe  de la Ciudad en el año 960. El obispo de Vic, Berenguer Sunifred, intentó su repoblación, pero fracasó. En 1118 se liberó del dominio musulmán y san Oleguer, obispo de Barcelona, fue nombrado también arzobispo de Tarragona, donde nunca residió. Bajo el reinado del conde Berenguer IV casado con la reina doña Petronila de Aragón, Tarragona volvió a nacer como sede episcopal de la iglesia catalana, aunque tan sólo alcanzaba casi los 4000 habitantes. Repoblar quería decir también reconstruir; los materiales que embellecieron la Tarraco romana fueron base esencial de la nueva edificación. Los arzobispos, Hug de Cervelló y Rocaberti, dejaron una fortuna inmensa para construir la Catedral; se inició y quedó casi acabada en el siglo XIII, que coincidió también con un poder marítimo importante, base de la recuperación económica. Tarragona mira hacia el Mediterráneo y el Mar le devuelve la vida, pues todo vuelve a funcionar.

La Catedral está en el lugar que ocupó el Templo de Augusto y se emplearon sus piedras para ser construida primero como templo románico, propio de un cenobio de la orden del císter, y sobre él un apunte del nuevo estilo gótico. La conjunción es magnífica y vale la pena verla para gozar de este contraste, pues se eleva majestuosa en lo alto de la Ciudad, como punto eterno de referencia. Son muchas las edificaciones medievales esparcidas por sus calles haciendo honor a los monumentos romanos, visigodos y judíos.

Hoy Tarragona es una ciudad moderna, acogedora y atractiva. Desde Rambla Nova se accede al Balcón del Mediterráneo para ver sus playas, su Serrallo, su puerto y su mar, que fue y seguirá siendo su propia vida.

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